Cádiz: la vía de la lucha de clase
La huelga del sector del metal en la provincia de Cádiz, que incluye a todas
las empresas, principalmente dedicadas a la construcción y reparación naval,
en San Fernando, la ciudad de Cádiz, Puerto Real y Jerez, ha tomado una
fuerza que parecía imposible, si nos atenemos a la serie de derrotas y
claudicaciones sindicales con que se han cerrado huelgas similares y
recientes en otras provincias.
La
sucesión de acontecimientos, muy resumidamente, ha sido la siguiente: cuatro
años después de la firma del último convenio colectivo del sector (firma que
se logró por parte de CC. OO y UGT in extremis, colocándose contra
buena parte de los trabajadores, que lo rechazaron abiertamente), la tensión
acumulada en las factorías, precisamente como resultado de ese último
convenio colectivo, de la implantación del sistema de fijos discontinuos
como vía para el despido rápido, etc., había ido en aumento. De cara a la
negociación, los principales sindicatos (UGT primero, seguido de CC.OO. y de
CGT) convocaron una huelga de dos días. El fin era evidente: permitir que
los trabajadores, especialmente aquellos que se han radicalizado más a lo
largo de los últimos años y que han engrosado las filas de CGT, de la
Coordinadora de Trabajadores del Metal (CTM) o, en algunos casos, del
Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), desfogasen parte de la rabia
contenida, como si se tratase de dos jornadas de lucha destinadas a aliviar
la tensión. Después de esa huelga parcial, con preaviso y perfectamente
adecuada a las necesidades de la patronal, en el guion esperable estaba el
paripé de la negociación: UGT -primer convocante- representando “tensos
encuentros” con la patronal de las empresas del sector (las grandes
empresas, como Navantia, tienen convenio propio y están excluidas). Como
parte del circo, se firma un preacuerdo la madrugada del domingo y se
presenta a los trabajadores el lunes por la mañana con el fin de que entren
ese mismo lunes a trabajar. Pero en este punto se ha roto la baraja: buena
parte de los trabajadores (según la prensa burguesa, aquellos que trabajan
en la bahía de Cádiz) ha rechazado el preacuerdo y ha decidido continuar con
la huelga y, con la cobertura legal de CGT -cuya sección del metal se ha
negado a desconvocar la convocatoria de huelga- , han continuado con los
paros, esta vez de manera indefinida y sin que ni la patronal ni el gobierno
tengan la certeza de que van a poder pararlos a su antojo, como han hecho
habitualmente, gracias a la labor de los grandes sindicatos
colaboracionistas.
Las reivindicaciones iniciales de los trabajadores del metal eran estas:
• Cumplimiento íntegro del convenio para todo trabajador y trabajadora
del sector.
• Regulación justa del contrato “fijo discontinuo”.
• Imposibilidad de trabajar dentro de las factorías bajo convenios
diferentes a los del metal.
• No a los impagos constantes.
• Coeficiente reductor para la jubilación anticipada.
• Vigilancia y prohibición de las listas negras.
Para entender correctamente su alcance, es necesario tener en cuenta que el
sector del metal en Cádiz lo compone una miríada de pequeñas y medianas
empresas que prestan servicios para las grandes empresas del sector (Navantia,
Airbus, Dragados Ofshore, etc.). Esta fragmentación de las llamadas
“empresas auxiliares” es consecuencia de la progresiva descapitalización que
emprendió la industria del metal hace cuarenta años, entonces enucleada en
torno a las grandes empresas estatales: al proceso de privatización le
acompañó el fenómeno de la externalización, por el cual las empresas
principales prescindían de la mano de obra y el capital necesario para
realizar tareas que podían subcontratarse en función de la carga de trabajo
que existiese. De esta manera, a día de hoy, en una misma obra, trabajando
en la construcción de un solo barco, puede haber al mismo tiempo muchas
empresas, cada una de las cuales tiene a un grupo de trabajadores realizando
determinadas tareas. Esto, en la práctica, ha supuesto la estratificación de
la masa proletaria que antes contrataba una única empresa y la
desvinculación de los diferentes oficios dentro del sector, con lo que el
problema para los trabajadores se agudiza porque muchas empresas, con el fin
de disminuir los salarios, se acogen a convenios colectivos que no son los
del metal (con la excusa de que la tarea particular que realizan así lo
exige). De esta manera, no sólo hay diferentes trabajadores de diferentes
empresas, sino que, legalmente, en una sola obra puede haber una división
“industrial” total.
Durante décadas ésta ha sido la gran fuerza de la burguesía. Ante la crisis
prolongada del sector del metal (que comenzó en los años ´80 y que a lo
largo de las dos décadas siguientes implicaría una profunda reestructuración
de la industria, de los métodos de trabajo, etc., con la amenaza de la
deslocalización, de la competencia coreana o de cualquier otro chantaje
pendiendo siempre sobre la cabeza de los trabajadores), la estrategia
siempre fue rebajar los costes salariales mediante la división y el
consiguiente debilitamiento de lo que antaño fue una clase proletaria fuerte
y combativa. Primero lo logró dividiendo entre jóvenes y mayores,
favoreciendo la salida de estos últimos con buenas prejubilaciones, mientras
despedía o imponía condiciones mucho peores a los primeros. Luego fue la
división por empresas: las que se mantuvieron dentro del Estado
(participadas total o parcialmente por la SEPI) y las que se privatizaron.
Una vuelta de tuerca más: desmembración de las grandes empresas y traslado
de la carga de trabajo a otras, auxiliares, en las que las condiciones de
trabajo están muy por debajo de las grandes. Finalmente, la última gran baza
de la patronal y del Estado ha sido la introducción de la figura contractual
del llamado “fijo-discontinuo”, generalizada por la ministra de trabajo de
Sumar, Yolanda Díaz, en la reforma laboral de 2022. Con esta forma de
contratación las empresas logran vincular a los trabajadores y mantenerlos a
su disposición, ahorrándose los costes de los despidos, de la nueva
contratación, etc., y consiguen además contar con bolsas de empleo que
utilizan según su necesidad en cada momento.
Esta descripción de la situación de Cádiz puede valer para cualquier porción
local del sector del metal que se quiera examinar: Ferrol, Vigo, País Vasco,
Valladolid, Valencia… en todas partes la dinámica ha sido la misma y el
resultado, por lo tanto, casi idéntico: un proletariado dividido, tanto en
los aspectos legales como en lo que se refiere a las condiciones laborales;
y una patronal que, valiéndose de las organizaciones sindicales tricolores,
que a lo largo de los años han sancionado esta situación, se apoya en la
relativa paz social comprada entre los trabajadores de las empresas
principales (aquellos que tienen unas condiciones algo menos malas), para
imponer una explotación brutal a los proletarios de las auxiliares.
Pero la situación de Cádiz es especialmente dura. Fuera del sector del
metal, la provincia de Cádiz es un desierto laboral: se trata de una de las
provincias con más paro de España, con una tasa de pobreza por encima de la
media de España, con un entorno industrial prácticamente inexistente… No es
por casualidad que toda la región ha visto crecer una estructura criminal
dedicada al contrabando de drogas con Marruecos, que emplea a centenares de
jóvenes que, de otra manera, no conocerían otra cosa que el hambre. En
Cádiz, además de los barrios obreros que aplauden a los huelguistas que se
manifiestan por ellos, también existen barriadas y pueblos donde los vecinos
protegen a los miembros de los clanes criminales de la Guardia Civil, porque
con las mafias al menos pueden comer.
Esta situación ha actuado de presión extra sobre los trabajadores del metal,
especialmente sobre los empleados de las empresas auxiliares que van y
vienen del paro (ahora del “fijo indefinido”) y que siempre tienen la
amenaza de entrar en las listas negras por negarse a trabajar en
determinadas condiciones, por no ser lo suficientemente dóciles, o por el
simple capricho del encargado de turno. El ejército industrial de reserva
con el que la clase burguesa presiona a los proletarios ocupados -temporal o
permanentemente- es un instrumento de orden y pacificación de primer rango,
y en manos de la clase burguesa siempre sirve para disciplinar a los
proletarios que conviven con la amenaza del hambre para ellos y para sus
familias.
Esta situación es la que ha llevado a la tabla reivindicativa que plantearon
los trabajadores del metal tanto en las asambleas convocantes de la huelga
como en los dos sindicatos que la han hecho posible, CGT y CTM.
Dichas reivindicaciones plantean una cuestión básica pero intolerable para
la patronal, pública y estatal: la unidad, es decir, la igualdad en las
condiciones de trabajo, el fin de la fragmentación laboral, el NO a la
discriminación y NO a la represión. Porque a lo largo de los últimos años en
la industria del metal de Cádiz se ha visto madurar a un sector proletario
dispuesto a luchar y a asumir las necesidades que la lucha plantea. Ya en
2021, cuando el anterior convenio colectivo se firmó con la ayuda
inestimable de las tanquetas antidisturbios del PSOE y de Podemos, la lucha
que CC.OO. y UGT traicionaron amenazaba con desbordarse, tanto por la
negativa de algunos trabajadores a aceptar los acuerdos, como por su
esfuerzo en sacar el conflicto de las factorías y movilizar a toda la clase
proletaria de Cádiz. Entonces, una desconocida CTM estuvo a la cabeza de la
protesta y de las tentativas por romper la paz social impuesta por los
sindicatos colaboracionistas. Pero finalmente estos, apoyados por todo el
arco de la izquierda parlamentaria, impusieron la vuelta al trabajo en
condiciones penosas.
Cuatro años después, la situación había madurado hasta tal punto que la
anterior minoría fácilmente reprimible y ninguneable, arrastró tras de sí a
miles de proletarios, impuso la continuidad de la huelga y el rechazo a la
política de colaboración entre clases que propugnan UGT y CC.OO. Y no sólo
eso, lo ha hecho con la reivindicación explícita de la unidad y la
solidaridad con los proletarios que se encuentran en peores condiciones,
rechazando explícitamente -como hizo el representante de CGT en la asamblea
del lunes 23- cualquier modelo dual de contratación y trabajo, e imponiendo
estas exigencias mediante la huelga y la movilización continua.
Por su parte, UGT, que encabezaba el comité de huelga, firmó un preacuerdo
que suponía una nueva soga en el cuello de los trabajadores: partiendo de un
“contrato para los jóvenes” que permitiría a las empresas pagar un 25% menos
a los nuevos trabajadores y pasando por un plus de toxicidad a cobrar en
siete años, para acabar por una actualización salarial que no llega a cubrir
la pérdida de salario real de estos últimos años… De lo que se trata, tanto
para UGT (o CC.OO., que finge no aceptar el acuerdo para jugar la baza de la
radicalidad, y mantenerse, así, como interlocutor válido) como para la
patronal, es garantizar un acuerdo de paz social que permita a las empresas
asumir sin contratiempos el incremento de la carga de trabajo que se prevé
para los próximos años. No en vano el convenio colectivo que se quiere
imponer se prolongaría ¡hasta 2032!
En el convulso contexto económico y político que se avecina, con un plan de
rearme generalizado para las grandes potencias imperialistas ya en ciernes,
la patronal del metal y sus aliados oportunistas ven una posibilidad de
negocio que ningún burgués rechazaría. Y para aprovecharla, necesitan
garantizarse una mano de obra dócil que permita los márgenes de beneficio
que hagan rentable la inversión necesaria.
Para los proletarios del metal de Cádiz la vía, por una vez, se ha mostrado
clara: sólo los medios y los métodos propios de la lucha de clase sirven
para vencer en la lucha que, inevitablemente, se debe librar contra la
burguesía. El chantaje habitual en las últimas décadas (carga de trabajo a
cambio de peores condiciones laborales), que siempre se ha traducido en la
política sindical conciliadora del “ante todo, defensa del puesto de
trabajo” se ha revelado como una trampa que ha sumido a los trabajadores en
niveles de precariedad inauditos. Y es por ese lado por el que ha comenzado
su respuesta: siendo conscientes del gran momento que puede vivir la clase
burguesa a su costa, con unas expectativas de negocio tan prósperas… se han
negado a aceptar la amenaza habitual y han impuesto una huelga indefinida
hasta vencer. No sólo eso, sino que la han impuesto con los métodos propios
de la lucha proletaria: piquetes, saltos, asambleas unitarias y abiertas a
otros sectores de trabajadores, manifestaciones ilegales para tratar de unir
al resto de la población obrera de la ciudad, solidaridad con los detenidos,
etc.
Por el momento, su capacidad para romper con UGT y CC.OO., que son los
órganos de contención que la burguesía utiliza habitualmente como primera
línea de su defensa contra la lucha obrera, les ha dado una fuerza capaz de
obligar a la patronal a, como mínimo, ceder en sus exigencias más
inmediatas. Pero esto no significa que el camino haya quedado libre de
obstáculos. Más allá de las grandes organizaciones del oportunismo político
y sindical, existen otras fuerzas que tienden a desviar a los proletarios de
la vía de la lucha de clase. Esa segunda línea de contención, formada por la
extrema izquierda clásica, que ya aparece en las manifestaciones y en los
piquetes buscando una notoriedad que les confiera influencia, y por algunos
sectores del llamado “sindicalismo alternativo”, también supone una fuerza
anti proletaria que se ejercerá llegado el momento.
El ejemplo de los trabajadores del metal de Cádiz muestra no sólo que (¡por
supuesto!) la clase proletaria es una fuerza viva, sino que la lucha de
clase fuera del aparato legal de la burguesía, contra la política de
conciliación social, contra el oportunismo sindical, etc., puede y debe
revivir allí donde las condiciones de vida de los proletarios caen y caen
por exigencias de la economía capitalista. Ese es el ejemplo que estos
trabajadores han dado: la burguesía y su Estado siempre van a estar contra
los proletarios, y la única manera de poder siquiera pensar en vencerlos es
la práctica de la verdadera lucha de clase, la que no tiene en cuenta sino
las necesidades de los proletarios, la que no recurre a la negociación sin
lucha, la que no pacta la paz social como requisito previo para los
acuerdos, la que se enfrenta a la represión con la fuerza que le da la
unidad de clase.
¡Por la recuperación de la huelga como arma de la lucha de clase del
proletariado tanto para las reivindicaciones inmediatas como para las
generales!
¡Por la reorganización clasista del proletariado!
¡Por la defensa intransigente de la lucha de clase proletaria!
24 de junio de 2025
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