La lucha por la vivienda debe unirse a la lucha general por las condiciones de vida del proletariado
En toda Europa el problema de la vivienda es cada vez más acuciante, cada vez más una cuestión central que da el tono de las verdaderas dificultades por las que una parte creciente de la población, fundamentalmente proletaria, pasa para sobrevivir en la sociedad capitalista.
Durante las décadas que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, la carestía de vivienda, causada, sobre todo en las ciudades, por la guerra de devastación que se libró sobre el territorio, unida al flujo de millones de dólares destinados a la reconstrucción y a consolidar el dominio económico-financiero norteamericano sobre Europa y Asia y a la reactivación de la propia industria europea que exigía millones de manos proletarias para sus fábricas, dieron lugar a la extensión de estas ciudades, a la absorción por parte de éstas de los antiguos núcleos rurales, a la construcción de las inmensas colmenas que aún hoy almacenan la mano de obra proletaria para su explotación. La vivienda era, entonces, un negocio tan rentable que incluso la clase proletaria pudo sentir la ilusión de “beneficiarse” del crecimiento urbanístico en la medida en que la tradicional carestía de casas en las ciudades parecía desaparecer.
A la expansión urbana ayudaron las políticas nacionales de promoción urbanística, con las que los diferentes Estados se hacían cargo de la necesidad que sus burguesías tenían de acumular mano de obra para sus negocios. Así nacieron los sistemas de protección al alquiler, de construcción por contratación pública, etc. En un mundo en el que la destrucción causada por la guerra había vuelto rentable a niveles insospechados tan sólo dos décadas antes cualquier negocio industrial, el capital inmobiliario no era un plato demasiado jugoso como para que los capitalistas se lanzasen a por él como lo hacían con otros sectores de la producción.
En buena medida, la socialdemocracia y el estalinismo pudieron basar su política de colaboración entre clases, basada en el control sobre el proletariado y en el sometimiento de éste a las exigencias políticas y económicas de la burguesía, en la extensión de este relativo bienestar que se asentaba sobre la vivienda asequible, que en muchos casos se convirtió en propiedad sobre los inmuebles, al precio de un prolongado endeudamiento con el capital financiero.
A partir de 1974, el final del boom económico significó la reanudación del ciclo tradicional de crisis-expansión-crisis y con él, el agravamiento de muchos de los problemas característicos del capitalismo, entre ellos, sobre todo, el de la carestía de la vida, fruto de los bajos salarios, el incremento del desempleo y la agresiva política de destrucción de cualquier resistencia que los proletarios pudiesen presentar (dentro y fuera de las empresas) contra este proceso. De esta manera, los bajos salarios, sobre todo entre los proletarios jóvenes, inmigrantes, etc. en quien se descargó el peso de la crisis económica, dificultaron sobre manera el acceso a la vivienda, momento en el que se desarrolló hasta los niveles que conocemos hoy en día la estructura financiera que compensa con créditos hipotecarios a muy largo plazo la caída de los salarios y que de hecho incrementa el coste de la vivienda, compensado en parte la caída de la demanda. A esto se sumaron otros hechos como la caída brusca del crecimiento de población (porque las tasas de natalidad cayeron con los salarios) que redundaron en un descenso de la oferta de vivienda. Todo ello dio lugar al fenómeno que se ha llamado financiarización del sector inmobiliario y que, fruto de un brusco desajuste entre la oferta y la demanda de vivienda como consecuencia de las sucesivas crisis de sobreproducción acontecidas desde 1975, y del posterior desarrollo de los intermediarios financieros que intervienen en este sector, favorecieron el crecimiento de los precios a una tasa constantemente superior a la de los salarios, la conversión de parte del parque inmobiliario en objeto de inversión (la llamada especulación) y, en definitiva, el encarecimiento de la vivienda hasta el punto de resultar un bien de difícil acceso para los sectores más pobres del proletariado.
Las movilizaciones de los últimos días no sólo han puesto de relieve que la cuestión de la vivienda es un problema sangrante que afecta, como decimos, a todos los países capitalistas. Han mostrado, también, que el proletariado no es la única clase social que se ve afectada por esta situación: la pequeña burguesía, que ve cómo la concentración del capital -también del capital inmobiliario- la expropia impidiendo su reproducción y rebajándola de nivel social, también se ve intensamente agraviada por una dinámica impuesta por el beneficio capitalista pero que la excluye de éste. Pero mientras que para el proletariado el problema de la vivienda está incluido en la más amplia cuestión de su supervivencia, incluso física, y de la de sus hijos, para la pequeña burguesía se trata de su pérdida de terreno frente a la gran burguesía. Mientras que para el proletariado la cuestión de la vivienda plantea la necesidad de luchar contra el conjunto de una clase burguesa que explota su fuerza de trabajo y se apropia de parte del salario que ha obtenido en la producción a la hora de cobrarle el alquiler o la hipoteca, para la pequeña burguesía se trata de luchar contra una parte de la burguesía -la ligada al capital financiero, cínicamente llamada rentista- con la cual compite por apropiarse de la riqueza social, a la vez que lo hace contra el proletariado, productor de esta riqueza social y de cuya explotación vive también. Es por ello que la pequeña burguesía llama al Estado a intervenir el mercado del alquiler, es decir, a controlar los precios, mientras que no quiere saber nada acerca del precio de la fuerza de trabajo, que es prácticamente insuficiente incluso para garantizar el mantenimiento de ésta.
La pequeña burguesía lanza sus consignas con las que exige una parte del control del Estado en forma de leyes contra sus rivales burgueses, a los que quiere limitar el “derecho” a extraer beneficio de sus negocios porque este beneficio le daña a ella directamente. Exige que, igual que sucede con el gran capital, que depende del Estado para obtener sus ganancias, este mismo Estado le garantice su estatus social. La pequeña burguesía odia al capital “rentista” porque se apropia, en forma de cobros excesivos por la vivienda, de una parte del beneficio que considera suyo por derecho propio. Estas clases sociales, subalternas pero también explotadoras de la fuerza de trabajo proletaria, requieren de los trabajadores, les exigen adhesión a sus reivindicaciones porque necesitan su fuerza para representar algún tipo de peligro para la clase burguesa dominante ya que dominando, hasta cierto punto, al proletariado, cobran importancia frente a éste. El ejemplo más claro de esta necesidad que la pequeña burguesía tiene de la fuerza proletaria lo hemos visto estos días en la exigencia que todas las organizaciones que representan a esas clases medias han hecho de una huelga general. La huelga es el medio por excelencia de la lucha de clase proletaria, es con ella que la clase trabajadora muestra la fuerza potencial que tiene en la sociedad burguesa… a condición de que se dirija hacia objetivos y se realice con métodos de clase. La huelga general que exigen organizaciones como el Movimiento Socialista, Izquierda Revolucionaria o la Corriente Revolucionaria de los Trabajadores, es aquella que hemos conocido en las últimas décadas, un gesto simbólico de un día encaminado en el mejor de los casos a agotar a los proletarios en una lucha sin sentido ni objetivos. Basta con recordar las huelgas del periodo 2010-2012, todas ellas verdaderos jalones en la desmovilización proletaria. Esas son las huelgas que buscan, como un cebo para convertir la impotencia de las clases medias en algo diferente a costa del proletariado.
Por su parte, el proletariado padece el problema de la vivienda como padece el de los precios de la alimentación o de los suministros básicos: como una contradicción entre las altas ganancias burguesas y el bajo precio que cobra, en forma de salario, por vender su fuerza de trabajo. Para el proletariado sólo hay una cuestión y es la de su supervivencia cotidiana, que está ligada directamente al sueldo que percibe. Por lo tanto, para el proletariado sólo hay una manera de afrontar la cuestión de la vivienda: vinculándola a una lucha por la defensa de sus condiciones de vida, que sólo puede llevarse a cabo mediante el enfrentamiento directo con la clase burguesa.
Esta lucha debe librarse, en el ámbito de la producción, como una lucha por el salario, por obtener mejoras para los estratos proletarios peor pagados, por la subida de los sueldos para compensar la subida general de los precios, etc. Y en el ámbito social más amplio, por la organización en defensa de sus intereses de clase, que pasa por el enfrentamiento directo y abierto contra la burguesía con la exigencia de resolver de manera inmediata los problemas que acarrea la falta de vivienda.
Esta vía, la lucha de clase en todos los terrenos, es la que está ausente en las movilizaciones por la vivienda, como consecuencia del dominio que las clases pequeño burguesas ejercen sobre un proletariado habituado durante mucho tiempo a delegar en ellas y en sus ilusiones democráticas.
Sin duda, las movilizaciones a las que asistimos estos días son un síntoma de una fractura social que se agranda cada día. Esta fractura la padece la clase proletaria tanto como la pequeña burguesía, aunque sea ésta última la que aparece con mayor fuerza ante ella. Pero sin duda, al precio de dolorosísimas experiencias, deberá resurgir una fuerza de clase proletaria independiente, que enarbolará sus propias exigencias y que planteará sus propias reivindicaciones. Esa fuerza dará su primer paso rompiendo con el resto de clases sociales, en las que únicamente podrá ver a un enemigo.
¡Por la defensa intransigente de las condiciones de vida del proletariado!
¡Por la reanudación de la lucha de clase!
¡Contra toda política de colaboración entre clases!
01/10/2026 - Partido Comunista Internacional (El proletario) - www.pcint.org
