Ni un soldado, ni una bala, ni un euro por Ceuta y Melilla
La situación es como la de 2021, pero aumentada a unos límites que entonces parecían impensables. Miles de marroquíes e inmigrantes subsaharianos y de otras nacionalidades han cruzado la frontera de Ceuta en un movimiento encaminado a aparentar una especie de ofensiva desarmada sobre Ceuta. No es necesario llevarse a engaños: la acción tiene poco que ver con un desplazamiento migratorio, aunque los inmigrantes que Marruecos retiene y reprime cerca de la frontera precisamente para ser utilizados como moneda de cambio en estas situaciones, hayan sido movilizados junto a una buena cantidad de marroquíes traídos por la Gendarmería para la ocasión. Se ha tratado de un movimiento que sigue el modelo de ocasiones pasadas, en las que el Estado alauí movilizaba a todos los inmigrantes posibles para amenazar la frontera española, pero a una escala que lo aproxima notoriamente a una reedición de la Marcha Verde de 1975, en la que decenas de miles de civiles fueron utilizados para avanzar sobre el territorio español en lo que hoy es norte de Marruecos y sobre el Sáhara Occidental para anexionarlos a la corona del entonces rey Hassan II. El hecho de que apenas 24 horas después la mayor parte de las 60.000 personas que cruzaron la frontera hayan vuelto por su propio pie a Marruecos, muestra la organización real del movimiento, su carácter de amenaza simbólica sobre Ceuta y el hecho de que se trataba de una maniobra perfectamente premeditada. Como consecuencia de ella, quedan 67 muertos (hasta el momento), miles de heridos y la reveladora escena que mostraba a bandas de militares de paisano y civiles nacionalistas de todo tipo atacando no sólo a los migrantes, sino a cualquier persona de rasgos árabes, española o no, a la que se encontraban por la calle.
Si en 2021 la maniobra marroquí, menos organizada y de menor escala que la de estos días pasados, tenía una causa evidente que incluso fue reconocida por Marruecos (la ayuda por parte de España a un oficial del Frente Polisario para que se operase en el país), en este caso la motivación directa parece menos clara. La propia prensa burguesa señala al restablecimiento de relaciones comerciales con Argelia, a la que España comprará este año un 10% más de gas que el pasado. Pero seguramente este hecho es sólo la gota que ha colmado el vaso después de más de dos años en los que los vínculos económicos y comerciales del país con potencias como China o Rusia (a la que fuentes periodísticas señalan como proveedor real del gas argelino) se hayan estrechado.
En cualquier caso, sea cual sea la excusa que se airee en los próximos días, la realidad es que la situación en la frontera marroquí es crítica desde hace tiempo. Como es sabido, España mantiene desde siempre unas relaciones políticas, económicas, diplomáticas, etc., basadas en el tira y afloja. Marruecos es la actual potencia ocupante del Sáhara Occidental, una región que según la legalidad internacional aún pertenece a España y sobre la cual, en cualquier caso, pesa la exigencia de descolonización por parte de la ONU como conclusión del proceso de independencia reconocido por España, pero no por Marruecos. Aunque desde 2022 España reconoce el derecho de Marruecos sobre esta zona, el conflicto se encuentra lejos de estar cerrado. Por otro lado, Marruecos se ha convertido en las últimas décadas en socio comercial preferente de España en el norte de África ya que éste se ha convertido el principal receptor de su inversión en el exterior. Son numerosas las grandes empresas españolas que construyen y gestionan las infraestructuras del país alauí, creando una alianza de hecho que es uno de los principales vínculos entre ambos países. A esto se añade la gran importancia que Marruecos ha adquirido como gendarme de las vías de paso de la inmigración subsahariana por el Magreb, algo que le convierte en un importante socio político y militar de España en la medida en que la protección del flanco sur de la península está directamente vinculado a su acción anti inmigratoria.
Más allá de las relaciones bilaterales, que de por sí bastan para convertir la frontera de Ceuta o la de Melilla en una zona altamente inestable, la importancia de Marruecos como aliado de Estados Unidos también ha crecido durante los últimos años. Por un lado, ha sido el principal valedor en el mundo árabe de los pactos de Abraham, lanzados durante el primer mandato de Trump y que tenían como objetivo consolidar la posición de Israel en Oriente Medio frente a las potencias regionales como el propio Marruecos, Jordania, Arabia Saudí, etc., a cambio de una estabilidad política, económica y militar duradera. De esos pactos, queda poco tras guerra de Gaza de 2023, la de Irán de este año, etc. Pero la intención norteamericana de controlar la región medio oriental contando con la colaboración de aliados árabes como Marruecos, aún persiste y ha creado un vínculo muy estrecho entre EE.UU., Marruecos e Israel. De hecho, el problema del Medio Oriente, verdadero cáncer incurable del capitalismo contemporáneo, se extiende hoy hasta las estribaciones del Atlántico a través de Marruecos y su firme alineamiento con el bando imperialista americano, dando a la situación un carácter intercontinental cada vez más firme.
Es esta posición crítica de Marruecos como aliado extremadamente beligerante de Estados Unidos la que debe verse en el origen del asalto a Ceuta de estos días. Las tensiones por el dominio de Ceuta son, hasta cierto punto, sólo una excusa, dado que Marruecos nunca podría reivindicar su propiedad contando únicamente con sus propias fuerzas. Detrás de la maniobra consistente en lanzar a miles de civiles desarmados hacia la ciudad está la necesidad norteamericana de cortar el giro hacia China y sus aliados (entre los cuales Argelia y Rusia, por supuesto) que lleva dos años encabezando una parte significativa de la burguesía española, apoyada por el gobierno de PSOE y SUMAR, pero tras la cual se puede ver la necesidad de otras naciones mucho más poderosas, como Francia, y su necesidad de romper la excesiva dependencia respecto de Estados Unidos a la que se ven sometidos. La respuesta de un país como Italia, de por sí atrapado en una posición ambigua respecto a Estados Unidos, del que ha sido valedor histórico en Europa, lanzando sus soflamas anti inmigratorias como excusa para presionar a España, es sumamente significativa.
La frontera de Marruecos es la falla por la que se extiende la tensión imperialista para España. Tanto por los motivos históricos propios de los dos países como por el hecho de que a medida que la situación en el tablero internacional se va agravando todos los antiguos conflictos se convierten en una trinchera para el futuro enfrentamiento bélico que ya se otea en el horizonte. Los intereses imperialistas de España se manifiestan en un incipiente (y seguramente de poco recorrido) acercamiento a China y sus aliados. Así lo exigen sus necesidades económicas y su incapacidad de competir en igualdad de condiciones con sus principales rivales comerciales. Pero, en un sistema de relaciones en el que todo está vinculado y la rivalidad es tan intensa, ese giro hacia China hace estallar de nuevo los conflictos interfronterizos con Marruecos, llegándose a esta especie de “ataque” a Ceuta por parte de personas inermes que vivimos el jueves y el viernes pasados. Ésa es la parte que toca a España en el incremento de las tensiones imperialistas. Y es una muestra, para la clase proletaria, de lo que vendrá en los próximos años.
De ninguna manera puede pensarse que estemos ante una situación en la que Marruecos, y detrás de él sus aliados, sea el agresor y España la agredida. España es una potencia imperialista que lucha por imponer sus intereses en el norte de África y que actúa como gendarme mundial “protegiendo” para todas las potencias imperialistas el estrecho de Gibraltar y la vía de comercio mundial que pasa por él. Para ello, mantiene pactos con Marruecos, Argelia o Mauritania, en defensa exclusiva de los beneficios de la clase burguesa, nacional e internacional. Entre otras cosas, estos pactos incluyen la presión y la represión sobre las masas de inmigrantes desheredados que buscan en Europa un futuro del que el orden capitalista les ha privado en sus países de origen. Y en el episodio de estos días ha sido Marruecos quien ha dado el primer golpe, en tantas otras ocasiones lo ha hecho España. Nadie puede tener el valor, por lo tanto, de afirmar que Marruecos sea una suerte de régimen de sátrapas despiadados a la vez que España representa la humanidad y la civilización. En las rivalidades entre países en la era imperialista, todos los contendientes son igualmente criminales para el proletariado. Por supuesto que la socialdemocracia y el estalinismo, desde el gobierno o fuera de él, lanzarán la consigna de la España atacada por las fuerzas criminales de Marruecos (e incluso de Estados Unidos), pero la defensa de los valores democráticos a la que llaman no es otra cosa que la defensa de los intereses imperialistas españoles.
Hoy han sido masas desarmadas de civiles arrojados a su suerte por Marruecos, que ha jugado con sus vidas para hacer valer sus intereses y los de sus aliados. En el otro lado, España se ha limitado a enviar tropas de refuerzo sin órdenes de combate, si bien ha permitido a la Legión y otros cuerpos militares que están fijos en Ceuta hacer razias contra los inmigrantes y la población árabe autóctona de la ciudad. Pero en un futuro el conflicto subirá de tono. Las masas de civiles desarmados se convertirán en ejércitos que amenazarán, bien sea en Ceuta, bien en el frente oriental de Europa o en cualquier otro punto caliente para la burguesía española, los intereses de los capitalistas nacionales. Y contra esa amenaza, responderán movilizando a su propia población, a sus proletarios, para que defiendan sus exigencias económicas, políticas o territoriales.
La guerra es el futuro para los proletarios. No pasarán muchas décadas hasta que las diferentes potencias imperialistas, entre ellas España, lleguen al punto en el que sus diferencias económicas, comerciales, etc., sólo se puedan dirimir por la vía militar. Y para ello recurrirán, como ha hecho ahora la burguesía marroquí, a su población, a los proletarios, para que engrosen sus ejércitos y se lancen contra los ejércitos de proletarios armados por las burguesías rivales. No hay que mirar demasiado atrás en el tiempo para recordar las dos guerras mundiales que arrasaron Europa. ¡Pues cien veces más letales, sobre todo para la clase proletaria, serán las guerras por venir en un mundo que ha desarrollado una capacidad armamentística exponencialmente mayor que la de entonces!
Hoy la clase proletaria permanece presa de su burguesía. Décadas de sumisión a la política de colaboración entre clases que le ha impuesto el oportunismo socialista, estalinista y post-estalinista, la ha vuelto presa fácil del discurso nacionalista, de la supuesta “defensa de la patria”, del odio al “inmigrante invasor”… Y se hacen oír entre el silencio generalizado las consignas patriotas y militaristas a la vez que reaparecen las bandas nacionalistas con el objetivo de imponer el orden en las calles.
Pero la clase proletaria puede ser contenida dentro de los límites del respeto al orden burgués de manera temporal, nunca definitiva. Sus intereses se encuentran en un plano diametralmente opuesto a los de la clase burguesa y si, durante un tiempo, parece que ambas han podido convivir en paz (siempre haciendo caer la parte del león de este “pacto” sobre los hombros del proletariado), la realidad de un mundo en el que los obreros son esclavos de los patrones, se mostrará de manera sangrante tarde o temprano.
Mañana la burguesía exigirá al proletariado que muera en nombre de la patria, cruel eufemismo que siempre esconde la realidad del sacrificio a mayor gloria del beneficio económico. Pero con ello mostrará su verdadera cara y evidenciará que, en el mundo capitalista, los proletarios son sólo carne de cañón que explotar en tiempos de paz y a la que destruir en tiempos de guerra. La clase proletaria deberá, entonces, volver a levantar la bandera del internacionalismo proletario, la del rechazo a participar en la carnicería imperialista y de la negativa a cualquier solidaridad nacional con su burguesía. Sólo tras de ella, sólo defendiendo en todos los frentes sus verdaderos intereses de clase, podrá librarse del horror y la destrucción de millones de vidas que la clase de los capitalistas ya está preparando hoy.
Los proletarios, ante los acontecimientos de estos días y los que vendrán en un futuro inmediato, no tienen nada que defender en Ceuta y en Melilla. La lucha por ambos enclaves, como la lucha por el control del estrecho de Gibraltar o de Canarias, sólo le interesa a la clase burguesa española, que es quien los necesita para mantener su estatus quo en la lucha contra el resto de potencias imperialistas. Por ello, además del discurso nacionalista, además del odio al inmigrante, de la retórica que se emplea “contra el invasor”, los proletarios deben rechazar cualquier tipo de alianza con la burguesía nacional, deben rechazar cualquier sacrificio que se les exija para defender los intereses territoriales del capitalismo patrio y volver la vista hacia su verdadero enemigo, que es quien hoy les comienza a azuzar en vistas a una movilización mayor que no será pacífica y que les exigirá que sacrifiquen su vida y la de sus hijos.
¡Por la reanudación de la lucha de clase!
¡Contra el militarismo burgués, opongamos la fuerza del internacionalismo proletario!
¡Viva el internacionalismo y la solidaridad proletaria contra todos los imperialistas!
¡Por la revolución comunista mundial!
1 de agosto de 2026
Partido Comunista Internacional
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