La América de Trump saca músculo


El desorden mundial, en el cual las potencias imperialistas se han visto colocadas –desde el hundimiento del imperio ruso en 1989-91, pasando por una sucesión insistente de guerras locales y regionales en las cuales cada potencia imperialista buscaba extraer el mayor beneficio posible para sus propios intereses-, no es otra cosa que el nuevo estado de salud del imperialismo.

Las contradicciones de la sociedad burguesa, sobre cualquier plano, económico, político, social, financiero, cultural y, naturalmente, militar, están explotando desde hace tiempo con una frecuencia cada vez más breve, en el tiempo y en el espacio. El imperialismo, es decir, la política de rapiña y de bandidaje que cada país capitalista avanzado utiliza para acaparar y controlar, en el mundo, porciones de mercado y de territorios económicos, no ha logrado, y no logrará jamás “resolver” las contradicciones de la sociedad capitalista si no es llevándola al nivel del enfrentamiento mundial entre las potencias que se dividen el mundo en zonas de influencia y de colonización. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) son una demostración, tanto en el sentido de que a través de ellas las potencias imperialistas han rediseñado el orden mundial, como en el sentido de que el nuevo orden mundial apenas establecido a través de una victoria militar portaba los gérmenes de un nuevo desorden mundial. La burguesía de un país lucha siempre, constantemente, contra las burguesías competidoras y adversarias de los otros países; y cuanto más se desarrolla la economía capitalista, más las burguesías nacionales que representan los intereses y disfrutan todos los beneficios y los privilegios económicos, políticos y sociales, se hacen aguerridas, codiciosas, insaciables.
La competencia económica y financiera sobre el mercado mundial eleva inevitablemente, en un cierto punto del desarrollo capitalista, el nivel del enfrentamiento: los competidores más fuertes, más organizados, más agresivos tienden a repartirse el mercado en zonas de influencia y de control. Pero el desarrollo capitalista y el desarrollo de sus contradicciones forman al tiempo a otros actores que entran en el mercado volviéndose a su vez competidores, menores en términos de fuerza económica y financiera, pero importantes desde el punto de vista “estratégico”, gracias a sus recursos naturales, a su posición geográfica y a su actividad político-militar en sus regiones.
El cuadro internacional que se representaba desde la mitad del siglo XIX hasta los primeros decenios del XX, con el mundo dividido entre las potencias coloniales europeas, dueñas del mundo, entre las cuales la primera era Inglaterra, después de la Primera y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, ha cambiado del todo. Tras la decadencia de las potencias coloniales de un tiempo emergieron nuevas potencias imperialistas: los Estados Unidos de América y Rusia, grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial, que se repartieron el mundo en dos grandes zonas de influencia –el Occidente euroamericano, (del cual dependían Europa Occidental, el continente africano, América Latina, el Medio Oriente y una parte no pequeña del Extremo Oriente) y el Oriente euro-ruso (del cual dependían Europa Oriental, China y parte de Indochina) en el interior de las cuales había lugar para la continuidad “colonial” de los más viejos países colonialistas, Inglaterra y Francia en particular. Y es gracias a la experiencia histórica de estas dos grandes potencias coloniales que algunas grandes regiones del mundo, como el Próximo y el Medio Oriente, han visto sus confines rediseñados siguiendo los intereses de rapiña y piratería de Londrés, París y Washington.
 
Pero de la gran crisis capitalista mundial de 1.973-75, de la que no se desarrolló una tercera guerra mundial por la combinación de una serie de factores económicos y político militares que alejaron la maduración, salió un cuadro internacional en el cual las grandes potencias imperialistas se enfrentaban más por sus puntos débiles que por sus puntos fuertes. La guerra en Vietnam que América perdió, la secuencia interminable de guerras de liberación nacional de las colonias en África y en el Extremo Oriente, los países del Medio Oriente (estratégicos por el petróleo) constantemente sacudidos por guerras locales e intestinas, una Alemania y un Japón militarmente debilísimos pero importantes en la clasificación de las potencias económicas mundiales al punto de representar no sólo competidores aguerridos a nivel mundial, sino, al mismo tiempo, mercados vitales para las mercancías americanas; y una Rusia con un desarrollo capitalista interno que tenía entonces gran necesidad de la explotación cuasi monopolística de los satélites euro-orientales y para nada propensa a enfrentarse militarmente con los Estados Unidos, con los cuales bastaba el equilibrio del terror dado por los armamentos atómicos. Demostración de que no todas las crisis internacionales de gravedad notable –como fue la guerra de Corea en 1950, o la guerra de Irak en 1991- desembocan en una guerra mundial. Esto no quita que cada crisis, regional o internacional, no haga sino acumular factores de enfrentamiento cada vez más agudos e “imposibles de resolver” si no es con el enfrentamiento militar abierto.
Desde dicho periodo del equilibrio del terror, el desarrollo del imperialismo ha pasado a un periodo en el cual el viejo equilibrio mundial, debido a aquella especie de condominio ruso-americano que “gobernó” el mundo durante treinta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, no ha sido ya aceptable por parte de ninguna potencia imperialista; pero ninguna potencia imperialista actual está en condiciones, hoy, de dictar la agenda mundial de las relaciones recíprocas. Es uno de los motivos por los cuales cada potencia imperialista tiende a enmascarar sus propios intereses con los intereses locales de tal o cual país, no quitándose de intervenir –como en Libia- cuando este tipo de intervención no puede ser utilizada como una “declaración de guerra recíproca”
Esto es lo que sucede en Siria desde hace más de cinco años, país que habría debido ver la caída de Bashar al-Assad hace tiempo, gracias sobre todo a las presiones diplomáticas, económicas y militares de los Estados Unidos, cosa que no ha sucedido.
La población siria, en estos cinco años ha sufrido todo tipo de violencias, de humillaciones brutales, por parte de todas las fuerzas beligerantes: del ejército considerado regular de Assad, de las diversas milicias rebeldes, de las fuerzas militares del ISIS, de los bombardeos de los rusos, de los americanos, de los turcos y de todos los aliados de los Estados Unidos. Indiscutiblemente el ejército de Assad se ha manchado con todo tipo de violencia contra su pueblo, pero no lo han hecho menos las otras fuerzas militares presentes sobre el terreno o actuando mediante agentes en Siria.
Siria, mucho más que Libia, representa un nudo estratégico para las potencias imperialistas: para Rusia, gracias a la única base aérea y portuaria que tiene y que se asoma al Mediterráneo, y desde la cual son posibles acciones de presión y de acción militar en todo el área mediterránea y en toda el área meridional; para las potencias europeas, y en particular Francia, que tiene una tradición imperialista muy radicada en Siria; para los Estados Unidos, que desde el punto de vista del control imperialista del Medio Oriente no pueden aceptar perder a favor de una Rusia que está volviendo a ganar posiciones a despecho de la Alianza Atlántica, y por lo tanto en primer lugar a despecho de los Estados Unidos; para Irán, nueva potencia regional que ha encontrado afortunadamente para ella un nuevo aliado en la Rusia de Putin, y que tiene todo el interés en impedir que Israel y Arabia Saudita radiquen su influencia en el único país en el cual la afinidad religiosa chiita puede ser utilizada para sus propios intereses de potencia regional.

El ataque con agentes químicos (parece que con gas sarín) del 4 de abril por parte de la aviación de Assad en la pequeña ciudad siria de Idlib (pueblo de Khan Sheikhoun), en la zona de Homs, controlada por los rebeldes, matando a ochenta personas –tal y como afirman los medios locales- ha sido el pretexto que Trump ha utilizado para disparar sus misiles desde los portaaviones presentes en la zona. Los 59 misiles Tomahawk lanzados contra la segunda base aérea siria, Shayrat, de los cuales sólo 23 han hecho blanco, han hecho en realidad pocoo daño: han dado a algunos MIG, han matado a 5 personas y herido a 7 (según el gobernador de Homs). De hecho, el día después, desde la misma base han vuelto a salir los aviones sirios para otras operaciones militares. He ahí la “respuesta seria” americana, como ha declarado el presidente Trump: contra “civiles inermes” entre los cuales “hermosos pequeños asesinados brutalmente, ningún hijo de Dios debería sufrir un horror similar”(1) no ha tenido sino un efecto propagandístico, visto que la base, advertida por los rusos, a su vez advertidos previamente por los americanos, había sido evacuada de forma preventiva.

Frente a las innumerables masacres que ha sufrido la población siria, ¿para qué sirve este acto propagandístico de Trump? ¿Ha querido hacer ver al presidente chino Xi Jinping, presente en una cumbre con Trump precisamente ese día, que “América no bromea” advirtiéndole de que sería mejor para él dejsar su protección a Corea del Norte y dejar que los Estados Unidos “se las vean directamente con Pyongyang”? ¿Ha querido molestar a Rusia, la gran protectora de Bashar-al-Assad, y avisarla de que no bombardee más las posiciones de los rebeldes apoyados por los Estados Unidos? ¿Ha querido dar también un aviso a Turquía, que se estaba acercando a Rusia alejándose de los Estados Unidos, subrayando que forma parte de la OTAN y que por lo tanto no puede llevar un doble juego? ¿Ha querido dar a sus propios generales la idea de que los portaaviones americanos presentes en el Mediterráneo no están sólo de “guardia” sino que pueden actuar? ¿Ha querido dar la impresión a sus propios electores de que el nuevo presidente americano no se ocupa sólo de la minería y del carbón y del “Obama care” sino también de la política exterior? Probablemente todas estas cosas juntas, aún si es evidente para todas las cancillerías del mundo que los Estados Unidos no logran salir del impasse en el cual se encuentran en Siria (y no solo, vista la situación en Irak o en Libia) y que el presidente Trump no tiene ninguna “nueva” política externa que seguir, si no aquella que ya era la de Obama y que le viene dictada por los diversos lobbys que le tienen en su mano.
Dicho esto, es indudable que ahora América comienza a mostrar sus músculos, obviamente en defensa de sus intereses nacionales.
Por otra parte, Siria se ha convertido en el teatro en el cual las potencias imperialistas mayores y las potencias regionales juegan cada una su propia partida, cada cual con el objetivo de hacerse con una parte del botín representado por su territorio y, llegada la ocasión, de meter la mano en una parte de Irak, ya hoy subdividido en diversas partes con los Kurdos en el Norte (que en Siria son apoyados por los americanos), no obstaculizados por los occidentales pero combatidos por Turquía que quiere retomar Mosul; los sunníes en el centro, apoyados por las coaliciones occidentales; y en el sur los chiitas, apoyados por Irán. Rusia, Turquía, Irán, son las potencias que se disputan pedazos de Siria, y contra sus iniciativas los Estados Unidos intentan poner un freno y participar en la división del pastel.
De hecho la población siria, de igual manera que no tiene nada bueno que esperar de Bashar-al-Assad, de Rusia ni de Irán, tampoco tiene nada bueno que esperar tampoco de las milicias rebeldes o de los Estados Unidos y de sus aliados occidentales. Y mucho menos de los milicianos del ISIS. En esta guerra la población siria es la víctima a sacrificar, masacrada en su patria y humillada en la emigración; y tampoco puede contar con un movimiento obrero organizado mínimamente y dirigido a llevar a cabo su propia lucha contra todos los beligerantes, porque fue, ya antes, desviado e intoxicado de democracia durante años por las fuerzas estalinistas y después destruido por el nacionalismo y el confesionalismo.
Lo que puede dar a los proletarios sirios una esperanza en el mañana, es el encuentro en la emigración con proletarios clasistas y revolucionarios, entrenados en la resistencia a las ilusiones de la democracia burguesa y al nacionalismo, y tenazmente aferrados a las experiencias revolucionarias del pasado –no a aquellas de las resistencias y del antifascismo, que no han hecho sino volver a abrir la puerta a la conservación burguesa- sino a aquellas de los proletarios rusos, alemanes, italianos y serbios que durante y después de la primera guerra mundial marcharon contra todos los bandidos imperialistas en dirección a la revolución socialista, que no podía y no puede ser otra cosa que anticapitalista y antiburguesa.

Partido Comunista Internacional (El Proletario)
10 abril 2017





NOTAS: 

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de batalla.

si no nos vemos
valladolorenlacalle@gmail.com















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