La regeneración democrática y la represión… 
más democrática aún.




El último año ha supuesto un incremento notable de los casos represivos en marcha en España. Especialmente significativas han sido las operaciones, Pandora y Piñata, realizadas contra los llamados Grupos Anarquistas Coordinados. En ellas, a partir de unos atentados realizados en las catedrales de Madrid y de Zaragoza que ni siquiera causaron daños materiales y por los cuales ya había dos personas en prisión, el aparato policial del Estado ha levantado todo un entramado conspirativo basado en la edición de libros y las reuniones públicas que los detenidos han llevado a cabo. En total varias decenas de personas han sido encausadas en un proceso que promete no ser el último y que se suma a las decenas de aquellos que a día de hoy se encuentran abiertos contra trabajadores, sindicalistas y militantes de grupos de extrema izquierda.


Durante los últimos meses la consigna de toda la burguesía española ha sido regeneración democrática. Los partidos que habitualmente se han alternado en el poder, PP y PSOE, hablan de un necesario cambio en su manera de gobernar mientras que aquellos emergentes, dispuestos a ejercer tareas de gobierno desde el primer momento, claman que este cambio no es posible sin uno mayor que acabe o disminuya con la preponderancia de aquellos. La burguesía catalana, íntimamente ligada a la española pero compitiendo siempre con esta en materia de reparto de beneficios (por la vía fiscal en un primer momento, con exigencias políticas mayores una vez esta se truncó), defiende la independencia política catalana como vía para el cambio de modelo político y, de hecho, esta consigna soberanista implica la emergencia como fuerza decisiva de los sectores pequeño burgueses agrupados en torno a Esquerra Republicana y las Candidaturas de Unidad Popular. Las elecciones andaluzas han colocado a Podemos como llave del gobierno autonómico consolidando, pero a la vez limitando, la aparición de un oportunismo político renovado que aspira a contener la tensión social acumulada a lo largo de los últimos años.
En definitiva existe un acuerdo generalizado entre todos los representantes políticos de la burguesía (y por lo tanto este existe también en la burguesía misma que ejerce su dominio político siempre y sea quien sea su representante) de que es necesaria una nueva democratización del país que corrija los defectos de origen del régimen institucional creado en 1978 como salida a la alteración de la fluidez de las relaciones sociales que provocó la muerte de Franco en el contexto de la crisis capitalista internacional. Siete años de una nueva crisis económica considerablemente más dura que la anterior han forzado a la burguesía a realizar un considerable esfuerzo en volver a engrasar su maquinaria de dominio político por excelencia, desechando los resortes ya gastados por el uso, reponiendo las piezas que se muestran inútiles y abrillantando la vieja estructura para que parezca otra vez nueva.
¿Qué puede esperar el proletariado de esta puesta a punto? La respuesta la tiene en el correlato de esta regeneración, en la música de fondo que acompaña a todo este aparente cambio institucional del que prometen que acabará con los excesos más lacerantes del sistema social. Más de treinta anarquistas detenidos en los últimos meses, decenas de trabajadores amenazados con penas de cárcel por participar en movilizaciones obreras, cientos de encausados por el mismo motivo y una legislación que, guiada como siempre con la excusa de la lucha anti terrorista, que promete más dureza contra la clase obrera en general y contra los elementos más activos de esta en particular. Existe una ecuación muy sencilla que siempre se cumple y el caso español no es una excepción: más democracia equivale a más represión.

Mientras que el nuevo oportunismo que representa Podemos y que incorpora a lo más granado de los partidos tradicionales de la izquierda, curtidos una y mil veces en la lucha contra la clase trabajadora, organiza su asalto al parlamento como nueva fuerza de contención social, los últimos meses han visto la aprobación de nuevas leyes encaminadas a preparar la represión preventiva contra cualquier elemento susceptible de desequilibrar el orden social. La llamada Ley de Seguridad Ciudadana y la Ley contra el terrorismo yihadista se ocupan, cada una en su ámbito, de facultar al Estado para actuar de manera expeditiva y utilizando todos los recursos a su alcance tanto contra las movilizaciones sociales como contra los grupos organizados que intervengan en ella y mantengan una existencia independiente de las grandes corporaciones que participan en el circo electoral. Es cierto que tanto la izquierda que dispone de representación parlamentaria como aquella que aún permanece fuera de las Cortes pero que aspira a sustituir a la anterior en un plazo breve de tiempo, han protestado contra estas leyes. Pero lo han hecho porque su protesta no tendrá consecuencias. Estas leyes contra la movilización y contra el terrorismo, son consecuencia del marco legal ya creado por la legislación antiterrorista previa, la cual había tenido la aceptación de todos los grupos políticos nacionales (del PP al PCE pasando por el PSOE). Y a su vez esta ley antiterrorista fue precedida por la dotación de medios excepcionales a la policía que resultaba de la Ley Corcuera (también llamada Ley de Seguridad Ciudadana, aprobada por el PSOE en los años ´90). Y, de nuevo, esta ley se insertaba en el marco de la guerra sucia contra la disidencia política, especialmente en Euskadi, que los grupos parapoliciales del PSOE (heredados, eso sí, de la policía y el ejército franquistas) y las instituciones democráticas aplicaban (recuérdese la presión carcelaria ejercida no sólo contra ETA sino también contra los GRAPO, los insumisos, la okupación de inmuebles vacíos, etc.). Nada nuevo bajo el Sol y los adalides de la regeneración democrática tienen las manos manchadas con la aplicación tanto de las actuales como de las anteriores medidas represivas. A medida que sus propuestas renovadoras ganan terreno, también lo hace la fuerza represiva del Estado burgués, al que ellos sustentan y con el que colaboran en el desarrollo de esta fuerza.

El texto en su contexto

La represión no es un fenómeno excepcional en el orden democrático. Y no lo es porque este orden responde, siempre, al gobierno dictatorial de la clase burguesa sobre el proletariado. Al contrario de lo que afirman los voceros de la burguesía, el desarrollo de las formas políticas es una consecuencia y no una causa del desarrollo material de la producción social y en el capitalismo la clase burguesa gobierna sobre el proletariado porque la economía basada en el trabajo asalariado y la propiedad privada determina que esto sea así. En este modo productivo la clase burguesa se apropia de la riqueza social generada por la clase proletaria a través de la extracción de plusvalía, de la obtención del tiempo de trabajo no pagado, y es de esta manera como se crea su papel dirigente: el dominio político es una consecuencia del papel que juega en este ámbito y se sustenta directamente de la ventaja que obtiene en él. Las instituciones que encarnan la fuerza política de la burguesía y que sirven a esta para afirmar su posición tanto frente al proletariado como frente a otras burguesías nacionales en la competencia mundial por el reparto de los beneficios de la producción y el comercio, se levantan igualmente sobre la base de la explotación del trabajo asalariado, son por lo tanto instituciones que recogen desde su nacimiento la naturaleza clasista de la sociedad y que tienen como fin primero la defensa el dominio de la burguesía sobre esta. De estas instituciones, un buen número se encuentran dedicadas a lograr el mantenimiento de la paz social, es decir, a mantener al proletariado, que sufre regularmente las convulsiones derivadas de su papel como productor de la riqueza social y de esclavo de esta riqueza social que se vuelve inevitablemente contra él, dentro de los límites de la colaboración entre clases. Para ello se mantiene el mismo armazón democrático del Estado, la propaganda de los medios de comunicación, los recursos destinados a los amortiguadores sociales capaces de compensar, en determinados estratos y sólo mínimamente, las consecuencias de la explotación y la exposición a los ciclos de bonanza y crisis de la economía capitalista, etc.
Pero también existe una cantidad importante del total de instituciones destinadas a imponer el dominio político de la burguesía que se destinan a la represión pura y simple de cualquier ruptura del orden social. Tanto dentro como fuera de sus fronteras, la burguesía nacional libra una guerra permanente, que si bien puede hacerse invisible en los periodos de relativa calma que aparecen entre convulsión y convulsión, nunca deja de existir y, por lo tanto, requiere de una inversión continuada en los medios que hacen posible la victoria contra los diferentes rivales.
En el ámbito exterior, la burguesía lucha contra sus competidores rivales, abre mercados, conquista territorios o se los arrebata a conquistadores anteriores… ninguna burguesía ha renunciado ni renunciará nunca a la formidable industria bélica que tantos recursos exige, tanto acero, petróleo, cobalto y otros recursos consume y tantos beneficios, entre ellos la fuerza frente a los rivales, proporciona.
Dentro de sus fronteras la burguesía también libra una guerra. El mantenimiento del dominio sobre el proletariado, el dominio político que permite el correcto desarrollo de las relaciones de producción propias del mundo capitalista es susceptible de verse alterado por causas que se encuentran dentro el mismo modo de producción capitalista. La burguesía conoce este hecho perfectamente porque lo ha vivido en toda su crudeza durante el siglo XX cuando las masas proletarias del Occidente y el Oriente, encabezadas por el proletariado ruso con su Partido Bolchevique a la cabeza, pusieron en cuestión, durante el periodo inmediatamente posterior a la I Guerra Mundial, el poder burgués. Rusia, Alemania, Italia o Hungría fueron algunos de los países donde la lucha de clase del proletariado, firmemente engarzada a la dirección política del Partido Comunista, amenazó la estabilidad social del mundo burgués y de estos países al resto del mundo, toda la burguesía aprendió las lecciones de esa amenaza. Una terrible contra revolución, que sólo acabaría con la inmolación en los altares de la defensa de la patria durante la Segunda Guerra Mundial de millones de proletarios, fue la primera consecuencia, pero más allá de esto la certeza de la necesidad de mantener un esfuerzo contra revolucionario permanente ha calado en la burguesía por encima de cualquier otra consideración.
La represión, verdadera institución en la sociedad capitalista, es uno de los principales pilares de este esfuerzo preventivo. Ciertamente la burguesía es plenamente consciente de su función y es que en la sociedad capitalista puede haber periodos de tranquilidad más o menos largos en los que proletariado y burguesía parecen poder cohabitar pero nunca, jamás, existirá un equilibrio estable entre las clases, la tendencia siempre es a la guerra social y la perspectiva de esta está bien presente en el horizonte. La represión burguesa es, por lo tanto, una constante, cuya intensidad depende de la situación por la que se pase, pero que nunca desaparece. Está encaminada a mantener al proletariado dentro de los límites de la sumisión a las exigencias de la economía nacional, reforzando la colaboración entre clases que las facilitan o imponiéndolas brutalmente según la situación, pero siempre orientada a un mismo fin.
Hoy la sociedad capitalista no se adapta al esquema liberal con que surgió a lo largo de las revoluciones del Siglo XIX. Si bien el mito de la libertad individual, de la división de poderes que garantiza la seguridad del ciudadano, etc. sigue presente como parte del mito de la lucha contra la tiranía feudal en que se fraguó el dominio burgués hoy las formas con que se aplica este dominio han variado sustancialmente. Es verdad que el contenido es exactamente el mismo porque el modo de producción capitalista sigue vigente y regido exactamente por las mismas leyes que en la fecha de su nacimiento, pero toda una serie de evoluciones en el ámbito estatal y sus aspectos jurídicos, legislativos, etc. subsidiarios se han producido encaminados a perfeccionar el poder burgués. El fortalecimiento del Estado burgués, liberándole de cualquier traba que entorpeciese su funcionamiento hasta el punto de hacerle omnipresente en cualquier aspecto de la vida social y la integración en su aparato político de las “representaciones populares y obreras” que claman por el mantenimiento del orden y que lo conjugan el engaño liberal y el virus del pacifismo con la concentración cada vez mayor de los resortes de la violencia estatal y paralegal, estas son las características de la democracia blindada a la que se han convertido todas las burguesías.

La más democrática de las represiones

Durante el último año en España hemos asistido al fin de las grandes movilizaciones de masas que habían marcado a la crisis capitalista prácticamente desde su inicio y al ascenso fulgurante de un partido político, Podemos, que dice recoger todas las aspiraciones “populares” que latían en esas movilizaciones para transportarlas al ámbito parlamentario, único en el que, según sus líderes, pueden obtener satisfacción. No se trata de dos fenómenos diferentes, ni siquiera de dos hechos complementarios, sino del mismo proceso por el cual se elimina la tensión social encuadrándola en las ilusorias expectativas democráticas. Se reestablece plenamente la paz social cuando tanto el proletariado como las clases medias empobrecidas que habían manifestado más abiertamente la tensión generada por el brusco empeoramiento de sus condiciones de existencia se confía de nuevo totalmente al sistema democrático, mecanismo a través del cual la burguesía gobierna sobre él pero exigiéndole su participación en este dominio. En 1978 la Constitución democrática aceptada por todos los partidos políticos representativos (también por aquellos como el PCE que hoy claman por el fin del “Régimen del ´78” y por la III República) tuvo la función de impulsar un funcionamiento democrático de la sociedad con el fin de que el proletariado afectado por la crisis económica y social que existía aceptase la colaboración entre clases y no la afirmación de su independencia de clase como única vía para resolver sus problemas. Hoy la regeneración que Podemos y tantos otros reclaman es simplemente una puesta a punto del contenido que existe bajo la fórmula democrática: sumisión del proletariado a la burguesía, aceptación de las vías legales y representativas como única manera de dirimir la tensión social. La democracia supone, sencillamente, la dictadura de la clase burguesa sobre el proletariado. Los efectos de la crisis capitalista habían colocado potencialmente al proletariado en situación de romper con la colaboración democrática que garantiza esta dictadura y la respuesta ha sido la ofensiva democrática de la burguesía para hacerle retornar a la vía que parecía extraviarse.
Después de un año desde la irrupción de Podemos, aupado directamente por todas las facciones de la burguesía española como respuesta urgente a un problema que podía írsele de las manos (más que la crisis las condiciones en que se realizará la famosa “salida de la crisis”), las manifestaciones callejeras han sido sustituidas por las tertulias televisivas y los debates periodísticos. Todas las expectativas parecen puestas únicamente en que los nuevos partidos de la izquierda que han aparecido de la noche a la mañana accedan al Parlamento y renueven el sistema desde allí, que en sus palabras, es el único sitio desde donde puede hacerse. El proletariado renuncia a la lucha casi antes de haberla librado, las clases medias parecen encontrar finalmente calma ante tanta agitación y todo vuelve al cauce del que nunca debió salir.

Pero el mecanismo democrático de gobierno del que dispone el Estado burgués debe necesariamente ir acompañado de la aplicación de métodos abiertamente represivos que lo refuercen golpeando sistemáticamente a los elementos de cualquier tipo que queden fuera del camino marcado. Esta represión, precisamente porque es un complemento de la acción democrática, no va dirigida contra el grueso de aquellos que participan o han participado en las movilizaciones provocadas por la crisis sino contra aquellos que tienden a no darlas por finalizadas una vez el nuevo pacto representativo se ha puesto en marcha. Podemos acaba con las movilizaciones, la llamada Ley Mordaza confiere a la policía la facultad de sancionar con durísimas multas a quienes participen en ellas, sean estas legales o no. Los sindicatos representativos firman la paz social, decenas de trabajadores que aún realizan huelgas son detenidos y amenazados con la cárcel. Las candidaturas de la llamada Unidad Popular son promovidas como organización representativa, los grupos llamados subversivos pasan a tener prohibida la propaganda de sus fines y la captación de nuevos miembros en virtud de la ley contra el terrorismo yihadista. Y así un largo etcétera de acciones de compensación que apuntan todas al mismo lugar: fortalecer la integración democrática de la tensión social resultante de la lucha que la burguesía lleva a cabo contra el proletariado castigando duramente cualquier tendencia a sabotearla. Se trata de una represión exquisitamente democrática, realizada en nombre del bien común y de la paz social, que se ejerce contra una pequeña minoría de elementos díscolos a los que estos últimos años han empujado a una mayor radicalización. Contra esta represión nadie levanta la voz: los nuevos partidos que dicen representar “a la gente” miran para otro lado mientras algunos de entre esta “gente” es arrestada por la noche y conducida a prisión con motivo de poseer un libro “subversivo”; los sindicatos dejan a sus propios miembros afrontar ellos solos las peticiones de cárcel; las plataformas anti desahucios callan cuando se desalojan inmuebles okupados con la excusa de la ley antiterrorista… La nueva democracia ofrece a la burguesía también la garantía de que será igual de despiadada con quien amenace tan sólo en potencia el orden social.

Vosotros los que entráis abandonad toda esperanza.

La crisis capitalista no ha traído la reanudación de la lucha de clase proletaria. En nuestra doctrina marxista nunca ha estado previsto que a las crisis cíclicas que sacuden la economía les sigan automáticamente convulsiones sociales tales que la lucha por el abatimiento del poder burgués sea puesto en el orden del día, ni siquiera que la lucha generalizada en el terreno de la exigencias inmediatas vaya a ser un hecho cierto. Por el contrario son las tendencias anti marxistas que pretenden poder renunciar al determinismo histórico que rige el curso del desarrollo social, quienes pretenden que la lucha revolucionaria es posible en todo momento y en cualquier condición y quienes ven en la crisis económica una condición suficiente para que esta aparezca de nuevo. Nosotros, marxistas revolucionarios, afirmamos que la sucesión de los modos de producción que rigen la existencia de la especie humana no acaba con el capitalismo y que es en éste mismo donde se generan las bases de la transformación socialista de la sociedad. La principal de estas bases es el proletariado, producto de la industria moderna y portador de la capacidad de superar las relaciones productivas basadas en el salario y la propiedad privada no para retornar a sistemas precapitalistas sino para abolir definitivamente la explotación del hombre por el hombre. También afirmamos que la destrucción del sistema capitalista implicará un largo periodo en el que se sucederán diferentes fases, la primera de las cuales será necesariamente la lucha contra el poder burgués, emanada de la centralización y dirección por parte del partido de clase de los impulsos a la lucha que la situación de la clase obrera en el mundo capitalista genera en esta y que supone el verdadero proceso de constitución del proletariado en clase. Como no hay rastro de automatismo en esta afirmación, tampoco hay nada de idílico en ella. La experiencia de las revoluciones victoriosas pasadas, de la Comuna de París y de la Revolución de Octubre de 1917, pero también de los casos en los que el proletariado, pese a estar perfectamente dispuesto para el combate, ha resultado derrotado, nos muestra que la guerra abierta contra la burguesía no se ventilará en el terreno del desarrollo progresivo de la fuerza obrera en el seno de la sociedad capitalista sino que triunfará o perderá en el campo de batalla.
Mucho antes de que esta guerra, en cuya perspectiva está puesto cada dato que arroja la lucha entre clases, sea abierta, los proletarios deberán continuar su particular camino del Gólgota. Hoy es la burguesía la que ejerce su dictadura en cada parte del planeta y de forma totalitaria cualquiera que sea el revestimiento democrático o social que se imponga. Y mediante su dominio de clase combate, diariamente, contra cualquier brote de lucha proletaria, por pequeño que este sea. La represión es uno de los puntales de este combate y no cesará en ejercerla, sino que aumentará su intensidad en la medida en que el aumento de la conflictividad social lo requiera.
La democracia es el arma más importante de que hoy dispone la burguesía para someter al proletariado y la represión forma parte de ella como el elemento punitivo que ayuda a sostener el andamiaje de la colaboración entre clases. Pero mientras que el dominio de clase de la burguesía es un principio de la sociedad capitalista, la democracia sólo es un instrumento. En determinadas ocasiones históricas, cuando el proletariado ha supuesto una amenaza mortal que no podía ser reconducida por vías legales al orden, los principios sagrados de la democracia han sido sustituidos por la dictadura abierta. Es el caso, sobre todo, de Italia en los años ´20 del siglo pasado, cuando a un poderoso proletariado conducido por el Partido Comunista (entonces dirigido por la Izquierda y dispuesto a librar la batalla revolucionaria sabiendo que esta era, sobre todo, una batalla anti democrática) sólo pudo ser aplastado por el poder concentrado de la burguesía en un Estado fuerte que no respetase miramiento constitucional alguno, el fascismo de Mussolini, al que seguiría el de Hitler en Alemania y los regímenes totalitarios de España o Portugal.
También esta lección cuenta en el haber de la burguesía, que mientras que glorifica la victoria de la democracia sobre el fascismo desde hace 70 años, lleva el mismo tiempo con los métodos fascistas de gobierno asimilados e integrados en el cuerpo social. Democracia y fascismo son dos caras de la misma moneda, dos formas de gobierno de la dictadura burguesa sobre la sociedad utilizadas en situaciones sociales diversas; la democracia nutre el fascismo, el fascismo nutre la democracia, como la paz burguesa nutre la guerra imperialista y la guerra imperialista nutre la paz burguesa.
La burguesía, llegado el momento, hará uso de cuanto tenga a su disposición para acabar con la amenaza proletaria y las lecciones de la contra revolución que encabezó el fascismo son una advertencia para el proletariado: si no hay nada más autoritario que una revolución, por tanto nada más violento, no puede esperarse sino una fuerza igualmente autoritaria y violenta en sentido contrario como recurso contra revolucionario.
Pero hay otra lección que el proletariado debe aprender. La victoria de la burguesía no se consolidó, en la época de la ofensiva revolucionaria del proletariado, hasta que este cejó en su lucha de clase. Y esto no se logró sólo mediante la represión sino que hizo fue necesario que aceptase la defensa de la democracia, por tanto del poder burgués, precisamente como falsa opción para frenar la represión. Al fascismo se opuso la democracia, cuando aquel había sido consecuencia de aquella. A la represión, las libertades civiles “garantizadas” por el Estado burgués, el mismo Estado que ejercita la represión. Y la lucha de clase, finalmente, acabó reconvertida en la defensa de la colaboración con la burguesía. El tiempo transcurrido desde entonces, si acaso el balance de la contra revolución realizado entonces por nuestra corriente no hubiese sido suficiente, ha mostrado que la burguesía jamás abandonó los recursos represivos que con el fascismo había aprendido a utilizar, sino que los adecuó a cada situación. Y en toda situación desde entonces ha entendido perfectamente que el fin último de la represión no es tanto aniquilar a los revolucionarios como hacer aceptar al proletariado la colaboración democrática entre clases como única alternativa posible.
Hoy la represión burguesa se deja sentir en unos términos que no son comparables a los de hace 90 años. Pero su naturaleza es la misma. No hay vuelta atrás, no se retornará a sistemas liberales de gobierno en los que la libertad de expresión o de asociación esté garantizada, al menos como entonces estaba garantizada. La única vía para acabar con la represión es acabar con el capitalismo y, para ello, el proletariado debe luchar en defensa de sus intereses de clase exclusivamente, sin buscar un terreno de entendimiento con la burguesía en el que, supuestamente, se pueda llegar a un equilibrio no lesivo para ninguna de las dos partes. Exigir, frente a la represión, más democracia significa únicamente exigir más represión. El proletariado, para poder combatir de manera más eficaz contra la explotación capitalista y contra cualquier tipo de opresión, deberá volver a la lucha de clase, a los métodos y a los medios de la lucha de clase con la perspectiva de alzar el nivel de enfrentamiento que los antagonismos de clase provocan inexorablemente sobre el terreno más general y político. Los intereses de clase del proletariado, en la historia de la lucha entre las clases, no se acaban con la defensa de las condiciones inmediatas de existencia y de trabajo –defensa absolutamente indispensable- porque se insertan en la perspectiva de un movimiento histórico según el cual las fuerzas productivas de la sociedad –representadas en particular por la clase proletaria- se enfrentan con la forma de producción determinada por relaciones sociales burguesas. Un movimiento histórico al cual ninguna fuerza burguesa podrá resistir, como las revoluciones proletarias del siglo pasado han demostrado, y para el cual será necesaria la guía del partido comunista revolucionario reconstituido sobre las bases teóricas y programáticas del marxismo. Camino aún largo, pero inevitable.

5-4-15
Partido Comunista Internacional (El Proletario). 


Valladolor no admite comentarios
La apariencia como forma de lucha es un cancer
El debate esta en la calle, la lucha cara a cara
Usandolo mal internet nos mata y encarcela.
Piensa, actua y rebelate
en las aceras esta el campo
de batalla.

si no nos vemos
valladolorenlacalle@gmail.com















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Contrainformacion internacional

"Las prisiones son una parte más de la esencia represiva de todo Estado, no hay que olvidar la parte que nos toca a lxs que aún seguimos en la calle.

No podemos ver las cárceles como algo ajeno a nuestras vidas, cuando desde temprana edad hemos sido condicionadxs a no romper las normas, a seguir una normalidad impuesta; el castigo siempre está presente para lxs que no quieren pasar por el aro.

En el trabajo, en la escuela... domesticando y creando piezas para la gran máquina, piezas que no se atrevan a cuestionar o que no tengan tiempo para hacerlo.

Hemos sido obligadxs a crecer en un medio hostil donde es dificíl desarrollar nuestros propios deseos.

La rebeldía brota de algunxs, otrxs simplemente se acomodan en la mierda, tapando sus frustraciones con lo que le dan quienes antes les despojaron de todo. O viendo sus problemas como algo aislado, único y personal.

Para lxs que no tragan o no se adaptan al gran engaño ahí tienen sus cárceles, reformatorios, psiquiatrícos ... creados por los que no quieren ver peligrar las bases de su falsa paz.

No podemos ignorar la lucha de lxs compañerxs presxs.

Su lucha es nuestra lucha."