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 “De todos modos, sería raro exigir de los hombres claridad en un tiempo como el nuestro”.

(F. Dostoievski, Los hermanos Karamázov).

 

 

RUSIA, UCRANIA… y la OTAN

 

Países eslavos: la historia de ambos se inicia en el Principado del Rus en Kiev (S.IX).

La actual Ucrania es producto de la desintegración del Imperio Ruso tras la Revolución Soviética de 1917. Los bolcheviques, dirigidos por Lenin, apoyaron el derecho de autodeterminación de todas las nacionalidades sometidas al Imperio zarista. De ahí nacieron la Ucrania actual y las demás repúblicas soviéticas. La URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) era la unión de todas ellas en torno a Rusia. Tras la caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS, todas estas repúblicas se volvieron independientes, manteniéndose en general en la órbita de una Rusia muy debilitada.

En 1949 se funda la OTAN, sistema de “defensa colectiva” creado por EEUU para oponerse a la URSS y a su influencia después de la 2ª Guerra Mundial. La OTAN es una organización militar criminal, dirigida por el imperialismo yanqui con la colaboración de sus socios, que ha participado en golpes de Estado (Chile, El salvador…), invasiones (Irak, Afganistán…) y guerras imperialistas (Yugoslavia, Libia…) y que ha liderado la contrainsurgencia y la represión a los movimientos sociales y populares por todo el mundo. EEUU, que controla la OTAN, lleva años saliéndose de tratados nucleares y boicoteando la desnuclearización, mientras hace cumplir a los demás sus condiciones para mantener la hegemonía mundial en este sentido.

Tras la caída de la URSS (1991), la OTAN, junto a la UE, ha ido expandiendo sus bases hacia el este, hasta comerse literalmente casi todos los países europeos antes soviéticos. El cerco creado frente a la URSS (actualmente Rusia) no ha parado de crecer desde 1991 (ejemplos son lo sucedido en la República Checa, en Polonia o en las Repúblicas Bálticas). A pesar de que muchos de ellos incumplen los derechos humanos, la libertad educativa y censuran por doquier, todo eso ha dado igual, como se vio en el conflicto de 2008, donde Rusia intervino también paralizando la anexión de Osetia del Sur a Georgia, por ser proclive esta última, como Ucrania, al ingreso en la OTAN.

En 2017, Ucrania volvió a solicitar su ingreso en la OTAN, y esas intenciones se incrementaron en 2019 con la llegada al gobierno del derechista Zelensky.

Dentro de esta expansión hacia el Este, la OTAN apoyó las protestas de la llamada “revolución naranja” en Ucrania en 2013 que provocaron el golpe de estado del Euromaidan y el cambio del gobierno ucraniano, de uno pro-ruso a otro pro-occidental (pro-OTAN y UE). Pero la revolución naranja, dirigida por elementos pro-occidentales pero sobre todo nacionalistas y fascistas, no fue apoyada por igual en toda Ucrania. Las regiones de habla rusa e industriales del este, Donetsk y Lugansk (el Donbass), y otras provincias se mantuvieron fieles al anterior gobierno. Fue entonces, en 2014, cuando se inició realmente esta guerra.

EEUU, la UE, varios partidos de ultraderecha ucranianos y la iglesia ortodoxa auspiciaron la “Revolución de la dignidad”, una oleada de protestas contra el gobierno pro-ruso de Yanukovich. El estallido de 2014 desembocó en el gobierno pro-fascista de Poroshenko, quien se acercó a la UE y EEUU dando lugar a una censura descarada, abriendo aún más la brecha entre las clases sociales y desarrollando un nacionalismo ucraniano de carácter marcadamente anti-ruso, con la difusión de personajes nazis de la resistencia antisoviética (como Stepan Bandera) y la incorporación a las instituciones del régimen de organizaciones abiertamente nazis (como el Batallón Azov, regularizado dentro de la Guardia Nacional desde entonces). Todo esto, lógicamente, chocó con las zonas de mayor población rusa del Donbass y Crimea, desembocando en la proclamación de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk en 2014 y la consiguiente guerra entre las milicias populares y el ejército ucraniano, en el que han participado y siguen participando unidades bajo control de grupos abiertamente fascistas y neonazis.

La situación económica en Ucrania, junto a las tensiones políticas, provocó no solo dichas protestas y el cambio de gobierno auspiciado por las potencias occidentales, sino también una enorme emigración económica (y política), hacia Rusia por un lado y hacia los países centroeuropeos por otro, que se han beneficiado durante todos estos años de una mano de obra barata que ha ocupado los trabajos con peores condiciones y salarios. Miles de ucranianos han tenido que emigrar durante estos años, miles de mujeres ucranianas que han sido explotadas en el servicio y la limpieza en Alemania y otros países del Este. La apuesta “democrática” de la UE ha conllevado el establecimiento de un liberalismo rampante en el que han proliferado, además, las mafias de la prostitución, las madres de alquiler y otras formas de violencia contra las mujeres trabajadoras.

Durante 8 años el gobierno ucraniano ha estado en guerra contra las milicias populares de las repúblicas del Donbass. Una guerra que ha conllevado 20.000 muertos y más de 700.000 refugiados (hacia Rusia), una guerra que ha sido sistemáticamente silenciada por los medios de comunicación y en la que los paramilitares nazis, apoyados por el gobierno ucraniano, se han cebado con los sindicalistas, anarquistas y comunistas (como ejemplo, el incendio de la Casa sindical de Odessa donde fueron achicharradas vivas 59 personas, incluyendo ancianos y niños que se habían refugiado allí ante la violencia de las manifestaciones nacionalistas comandadas por el Pravi Sektor, “Sector de derecha”, nazi). Esta guerra, la guerra del este de Ucrania, no ha cesado ni un momento desde entonces. Aún hoy, las citadas repúblicas son bombardeadas día tras día por el ejército ucraniano.

El 24 de febrero, el presidente del gobierno ruso declaraba la guerra y ordenaba la invasión de Ucrania, con los objetivos supuestos de su “desmilitarización y desnazificación”. Alegaba las matanzas del Donbass y que los rusos no podían permanecer impasibles ante la muerte de sus hermanos. Pero Rusia había estado 8 años sin mover un dedo.  ¿Qué es lo que, ahora, ha precipitado los acontecimientos?

 


QUÉ HACEN LOS DE ARRIBA

La guerra económica por las materias primas y los corredores energéticos y de transporte se ha agudizado enormemente en estos años. Las intervenciones armadas se suceden en África y toda la zona euroasiática: Ucrania (Rusia), Siria (EEUU), Palestina (Israel), Yemen (Arabia Saudí), Sáhara (Marruecos), Somalia (EEUU, otra vez)… y nos dejamos Libia, Afganistán, Irak… No es extraño pues que desde 2014 (inicio del conflicto de Ucrania) EEUU haya aumentado enormemente su venta de hidrocarburos. Así se entiende mejor también el boicot comercial auspiciado por EEUU a la construcción del gasoducto North Steam 2 que pretendía llevar el gas a Alemania desde Rusia. Como no podía ser de otra manera, la guerra beneficia fundamentalmente a las grandes corporaciones energéticas norteamericanas y a la industria armamentística global.

Ante este panorama, todas las potencias imperialistas se aprestan para la guerra. Y Rusia no es una excepción. Tampoco la UE, con su hipocresía y su supuesta democracia. La UE ha cerrado filas detrás de la OTAN como nunca. El lacayo Borrell ha aseverado que vienen tiempos duros y “hay que estar unidos”, avisando de que se acordarán de quien no esté a su lado. La unidad nacional, la unidad con nuestros explotadores, está siendo propagada por todos los partidos políticos y sus lacayos: los medios de comunicación se llenan de belicismo, todos los tertulianos y “expertos” llaman a la guerra y al envío de armas. Y el presidente Sánchez lo firma.

La censura de las informaciones rusas y de otras fuentes, en favor de una única perspectiva sobre la sola responsabilidad de Rusia en este conflicto, es la consecuencia de la pertenencia del Estado español a la OTAN. Y como consecuencia de ello, todo lo demás: El silencio acerca del auge de los movimientos neonazis en Ucrania (que está siendo utilizado como campo de entrenamiento por los grupos nazis de toda Europa); la propaganda de la reacción nacionalista y de “la democracia”, en todos los países y por todos los medios; la participación “militar” de occidente, desde Alemania que -por primera vez desde la segunda guerra mundial- ha aprobado presupuestos de guerra, hasta España y sus envíos de armas caducadas, pasando por el entrenamiento militar de la OTAN, la venta y entrega de armas generalizada al bando ucraniano con la intención de cronificar el conflicto, etc., etc.

Los medios de información de masas y los Estados tratan, con su perspectiva sesgada del conflicto, de crear un caldo de cultivo para que la opinión pública sea proclive al envío de tropas. La UE ya ha empezado con el envío de material armamentístico, y su proyecto de ejército común se intenta acelerar ante la situación.

Cuando un conflicto armado se siente cerca, la población reacciona: y el poder aprovecha para extender ese sentimiento rancio europeo. Pero los conflictos imperialistas nunca han parado, como en Kurdistán, Afganistán, Siria, Centroáfrica... Mientras estén lejos, no pasa nada: se asume la doctrina Monroe: alejando las guerras que EEUU genera fuera de su territorio, lo que no deja de reportarles inmensos beneficios económicos y escasos costes.

Todos los gobiernos europeos están propagando a marchas forzadas el discurso belicista y la propaganda “patriótica” y pretenden aprobar de urgencia aumentos de los presupuestos de defensa. Lo mismo está sucediendo en el “bando” ruso (con la censura a medios de comunicación y a la libertad de manifestación) donde se han producido movilizaciones de madres y familiares contra la guerra y la movilización de sus hijos, y donde se cuentan por miles los manifestantes detenidos por posicionarse públicamente contra la guerra. 

Los miles de refugiados en las fronteras de Ucrania (más de un millón en Rusia, otro millón y medio hacia Polonia y otros países del entorno) son la primera consecuencia humana de la guerra, junto a las víctimas civiles de ambos bandos. El drama de los refugiados se multiplica con la proliferación de mafias de trata de blancas y prostitución que están haciendo su agosto en las fronteras ucranianas. Pero el drama humano no termina aquí. Las consecuencias de las sanciones económicas y los bloqueos comerciales realizados por Occidente a Rusia (y viceversa) reportarán desastrosas consecuencias para la clase trabajadora, la clase social que sufre siempre las consecuencias negativas de las guerras de los ricos. Así, las sanciones no afectan al petróleo o los diamantes, pero se sufren inevitablemente en una subida aún mayor de los precios y en la miseria creciente entre las clases populares y trabajadoras. Rusia posee la principal reserva energética y de materias primas del mundo. Las sanciones a Rusia son sanciones a los trabajadores. Tanto allí como aquí, somos los trabajadores los que vamos a pagar sus guerras…

Los dos “bandos” utilizan las mismas armas: la propaganda y la censura, la utilización de la población civil y de los escudos humanos, la unidad nacional junto a los asesinos y explotadores, y la represión y persecución de la disidencia. Tal para cual, una mala parodia de la historia que precedió a la 1ª Guerra Mundial: “El imperio ruso agresor” por un lado y, por el otro, los nacionalistas y socialdemócratas europeos votando la guerra y mandando todos ellos a la muerte a miles de personas. ¿No hemos aprendido nada del siglo XX?


 

QUÉ DEBEMOS HACER LOS DE ABAJO

Es urgente y necesario combatir estos mensajes, aportando dosis de realidad y objetividad en contra de la información sesgada y de corte “otanista” que se ofrece en los medios oficiales de información, cuyo único objetivo es culpabilizar únicamente a Rusia-Putin y legitimar ante la opinión pública cualquier tipo de contraofensiva por parte de la OTAN.

No debemos consentir la incorporación del estado español a las cruzadas imperialistas de ningún tipo. Debemos apoyar las movilizaciones contra la guerra, y luchar, cada uno en su propio territorio, contra el belicismo, contra la propaganda imperialista y los causantes de la guerra; desarrollar campañas, acciones y herramientas organizativas encaminadas a la oposición por parte de la clase trabajadora a este tipo de políticas nacionalistas e imperialistas, mediante el derrotismo revolucionario, la desobediencia y la abstención activa: que el voto no legitime sus guerras y la miseria que generan.

Debemos extender la solidaridad de clase e internacionalista, no colaborando con ninguno de los bandos imperialistas en liza, extendiendo la solidaridad a nuestros hermanos de clase rusos y ucranianos, por encima de banderas, naciones y fronteras.

 


Ni con Putin ni con Ucrania ni con la OTAN.

No al envío de armas. NO a la intervención en la guerra. Ni un euro ni un soldado para la guerra.


¡COMIDA, NO BOMBAS! 

GASTOS MILITARES, PARA ESCUELAS Y HOSPITALES.

 

CONTRA LA GUERRA IMPERIALISTA, POR LA LUCHA DE CLASE

No a la intervención española en Siria


Después de los atentados de París, una nueva coalición de países se dispone a atacar Siria para, según ellos, poner fin al terrorismo y acabar con la amenaza que se cierne sobre Occidente. Las imágenes de los restaurantes y la sala de conciertos atacados por los yihadistas son repetidas hasta la extenuación junto con otras en las que aparecen soldados del Estado Islámico haciendo alarde de su potencial militar en las regiones de Siria e Irak que dominan. Con ello, la burguesía de todos los países llama a la población a prepararse ante una amenaza que se pretende a las puertas de Europa una vez ha tomado fuerza en el Medio Oriente. Y para preparar esta nueva guerra, sobre todo, se llama al proletariado a secundar unánimemente los planes militares que las principales potencias llevan diseñando desde hace años.
La Unión Sagrada, la defensa de la “patria en peligro” por parte del proletariado, vuelve a ser invocada, una vez más, para refrendar la guerra imperialista en una zona que, precisamente debido a la lucha entre potencias imperialistas rivales, se ha vuelto un verdadero polvorín. Cientos de miles de refugiados, ciudades enteras arrasadas y decenas de miles de muertos a lo largo de Siria, Irak o Afganistán, son el resultado de la política exterior de las civilizadísimas burguesías europeas y americanas. El Medio Oriente es una región de vital importancia tanto por su valor puramente comercial (fuente de codiciadísimas materias primas) como por su valor geoestratégico, determinado por los cada vez más intensos desequilibrios que sufre el reparto del mundo fijado por parte de las diferentes potencias imperialistas. La guerra constituye el corazón y el nervio del capitalismo, es la linfa vital que fortalece su cuerpo: la lucha por el control de los mercados de los cuales extraer los recursos necesarios para la producción o en los cuales colocar los productos de los principales centros económicos ha acompañado a la sociedad burguesa desde los inicios de su tiempo en la historia. Pero también, y sobre todo, la misma inversión en la industria bélica, vivificador imprescindible para los momentos en los que las crisis económicas hacen languidecer la tasa de beneficios necesaria: a través de ella se valoriza el capital sobrante, verdadera causa de las crisis de sobre producción que asolan periódicamente el mundo, y a través de ella se pueden destruir en masa los medios de producción inútiles, dando con esta destrucción paso a una nueva fase de alza en la producción en la cual la ganancia se multiplica bajo la forma de infraestructuras, industrias y bienes de equipo que será necesario volver a poner en marcha.Bajo la guerra imperialista, sea cual sea el manto democrático, pacifista o humanitario con que se cubra, siempre late la imperiosa necesidad de restituir los niveles de la tasa de ganancia.
En Siria se libra una guerra desde hace varios años: desde el momento en que  Francia, Estados Unidos y Rusia, principalmente, intervinieron en las revueltas anti Assad (a favor de estas, en el caso de los primeros, en contra en el caso de Rusia) para garantizar su posición en una región tan importante del mundo, el conflicto armado ha sido sostenido deliberadamente y la aparición de grupos  como el Estado Islámico son la consecuencia del desequilibrio entre las fuerzas contendientes. Este desequilibrio ha dado lugar a nuevas y precipitadas alianzas, como la que EE.UU. mantiene ahora con su viejo archienemigo Irán. Ha dado lugar, también, a la entrada en escena de actores que, durante largo tiempo, a la sombra de la aparente estabilidad de regímenes asentados como el de Bachar Al Assad, han aumentado sus pretensiones de dominio sobre la región, como es el caso de Turquía y Arabia Saudita, valedores en un primer momento de la oposición islamista local y de las facciones burguesas interesadas en mejorar su posición respecto al comercio de petróleo en la región. Así, los elementos locales que ayer eran considerados enemigos acérrimos de la civilización y la libertad, como el Irán de los ayatolás, pasan hoy a ser aliados legítimos porque se necesita su fuerza militar. De la misma manera que se ha visto a “verdaderos garantes de la paz”, como la Turquía que lleva décadas masacrando a la población kurda de su territorio, favorecer abiertamente a los yihadistas del ISIS. Paz, libertad o humanidad, son palabras terribles en boca de la burguesía porque detrás de ellas siempre esconde su necesidad vital de imponer un régimen de terror y de guerra permanente sobre zonas cada vez más amplias del mundo. Los yihadistas de ISIS no son más terroristas que las burguesías de Irán, Siria o Francia que han sembrado de cadáveres el Medio Oriente en nombre del Islam o de la Fraternité. Si ISIS ha llegado a mostrar la cara sanguinaria que hoy se reproduce en los medios de comunicación de todo el mundo, a modo de propaganda bélica, por parte de sus rivales burgueses, es porque el terror ya había sido impuesto en esa parte del globo desde la época de la colonización francesa e inglesa. El discurso sobre paz y terror o libertad y tiranía sólo trata de esconder que la guerra llama a la guerra y que son ejércitos idénticos en lo que se refiere a su naturaleza al servicio de la burguesía, aunque no en igualdad de condiciones, los que se enfrentan.
Hoy la guerra llega a los confines de Europa. Los atentados de París muestran cómo las guerras periféricas que las principales potencias imperialistas han librado desde el final de la II Guerra Mundial en regiones remotas del mundo, se acercan cada vez más al corazón de esas potencias. Las burguesías de todos los países lo saben perfectamente porque, a lo largo del siglo XX, han sido dos guerras mundiales, además de innumerables conflictos de menor intensidad, los que han librado. Conocen, por tanto, que estos actos de guerra, si bien no van a desencadenar inmediatamente un enfrentamiento que le lleve a movilizar todo su potencial militar, político e ideológico, sí que le exige imponer al proletariado la plena adhesión a sus exigencias para, llegado el momento, poder movilizarle en su nombre. Por eso libra, en primer lugar, la batalla en defensa de la democracia, de la libertad amenazada, de la civilización sobre la barbarie. Y la libra contra el proletariado al que en nombre de estas falacias se obliga a aceptar la sumisión absoluta a los intereses de la burguesía. En las últimas semanas, además de la campaña propagandística a gran escala acerca de porqué es necesario invadir Siria, se ha asistido a un espectacular despliegue de ejército, policía y demás servicios de seguridad del Estado en varias capitales europeas. Especialmente en Bruselas, donde durante días la ciudad ha estado completamente militarizada, se han producido verdaderos asaltos militares a barrios proletarios en busca de sospechosos, detenciones masivas (con sólo un acusado finalmente) y un control estricto y riguroso sobre la población: se trata a la vez de un ensayo y de una demostración del futuro que espera al proletariado europeo y americano, de la guerra que su burguesía librará contra él para garantizar, junto con la aplicación de los más exquisitos métodos democráticos de la Unión Sagrada, su sometimiento. Resulta clarificador el hecho de que, en la misma Bruselas, mientras que comercios y calles eran controlados por el ejército, los autobuses que hacen el trayecto de los barrios obreros al centro y de allí a los polígonos industriales, siguiesen funcionando: ¡el interés nacional también exige que los proletarios puedan ser llevados a sus centros de trabajo!
La burguesía española, a través de todos sus voceros de izquierdas o de derechas, repite sin cesar que aunque en esta ocasión se ha atacado a Francia, España podría perfectamente ser el siguiente objetivo. Y que por lo tanto, también aquí, es necesario prepararse para afrontar la llamada lucha anti terrorista en toda su extensión. Como primer paso es prácticamente seguro que, salvado el periodo electoral, el ejército español será enviado como parte de la alianza anti yihadista a apoyar las operaciones francesas en Siria. Las fuerzas armadas españolas no poseen ni la mitad de la capacidad operativa que las francesas, que son las quintas del mundo en efectivos y cuentan con una gran experiencia en el extranjero, pero serán requeridas como parte de un frente político en el que la burguesía española tiene gran interés para afianzar su posición en el mundo, para defender un reparto de la influencia en este que garantizan las condiciones para que su capital pueda exportarse tanto a África como a Oriente Medio (donde empresas de infraestructuras como FCC tienen importantes contratos) y competir con ventaja. España intervendrá en Siria, bien directamente o, muy posiblemente, dando cobertura en otra regiones al ejército francés que así podrá redoblar su presencia en este país. Y lo hará para defender los intereses del capital español, que a su vez pasan por garantizar el dominio de sus socios comerciales en esta región del planeta. La guerra democrática contra el yihadismo tendrá, también en este caso, causas bien distintas de las que sus defensores argumentan.
Junto con la intervención española en la alianza anti yihadista vendrán las consabidas consignas, que ya se han usado y se usan en casos como el de Afganistan, Irak, República Centroafricana, Somalia, etc. El rey, Jefe de Estado y por lo tanto presidente delconsejo de administración de los intereses comunes de la burguesía, lo ha dicho claramente: España necesita unidad para afrontar esta guerra. Unidad que pasa porque el proletariado acepte sin dudar la adhesión a la campaña militar, a la defensa de las exigencias burguesas y a la paz social que estas requieren. Unidad que es una repetición a escala de la sumisión que, todos los días y en todas partes, se exige a los proletarios: en el puesto de trabajo se les exige que se sometan a los despidos para asegurar la viabilidad de la empresa, en todo el país se les exige que acepten las medidas anti obreras de los diferentes gobiernos para que la economía nacional reflote, fuera del país, en fin, que acepten apoyar las aventuras imperialistas de la burguesía. Esta unidad también en España constituye un ensayo de la movilización del proletariado que prepara futuras sacudidas sociales. A medida en que las tensiones interimperialistas crezcan, a medida que la crisis económica muestre que su única solución es una nueva carnicería mundial, se obligará al proletariado a aceptar condiciones de existencia cada vez peores, a aceptar la militarización de manera similar a lo ocurrido estos días en Bélgica... Y todo ello para defender los intereses de la burguesía que hoy se juegan en Siria y mañana en cualquier otra parte del mundo con cualquier otra excusa democrática y pacifista.
Para prepararse para el futuro seguro que le espera, para luchar contra su utilización como carne de cañón al servicio de los intereses de la burguesía mañana como para luchar contra el aumento de la explotación que sufre ya hoy, el proletariado debe desoír los llamados a la unidad nacional, a la guerra en defensa de la democracia. El principal enemigo del proletariado está en casa, es su propia burguesía. La burguesía que en tiempos de paz le explota en los centros de trabajo en nombre de los intereses de la economía nacional y que en tiempos de guerra la exigirá defender con el uniforme de soldado esta economía nacional fuera de sus fronteras. Pero luchar tanto contra las guerras imperialistas de la burguesía como contra los intereses de esta dentro del país, implica luchar también contra las corrientes supuestamente obreras que defienden un capitalismo pacífico y un Estado neutral en los asuntos exteriores. Este es el enemigo más inmediato de la clase proletaria porque le ata a la defensa directa de la democracia como único medio para “parar la guerra” y le lleva a defender un equilibrio imposible en el que el capitalismo no explote a los proletarios, no bombardee ciudades y no invada países. El no a la guerra de este oportunismo político y sindical ha sido, siempre, incapaz de poner freno a las guerras, pero ha sido muy capaz de hacer confiar a los proletarios en que un cambio de gobierno, una protesta institucional o cualquier gesto simbólico constituían toda la lucha posible para él. Las guerras imperialistas, de Irak ayer a Siria hoy, han continuado y todas las consignas democráticas de los partidos llamados obreros y de sus seguidores de la extrema izquierda únicamente han contribuido a encadenar al proletariado a su burguesía.
Para la burguesía la guerra es un asunto estrictamente económico y político: con ella defiende sus intereses en cualquier parte del mundo, dentro y fuera de sus fronteras, y para ello exige al proletariado una sumisión absoluta a estos. Para acabar con las guerras que estallan periódicamente el proletariado debe ocupar el terreno de la lucha de clase, debe romper con la política colaboracionista a la que lleva décadas atado, esto es, debe luchar contra su propia burguesía, contra los intereses de esta en cualquier parte del mundo y contra la movilización bélica que realiza en su defensa. Por ello las posiciones del proletariado frente a la guerra imperialista no pasan ni por el pacifismo, ni por la defensa de la democracia ni por la lucha por la civilización, que son precisamente los argumentos que esgrime la burguesía en sus aventuras militares. Las posiciones del proletariado frente a la guerra imperialista son el derrotismo revolucionario  y el internacionalismo: luchar contra la burguesía nacional como primer enemigo y reconocer a los proletarios de todos los países como sus hermanos de clase, más allá de cualquier división de raza o religión. Esto comienza por la defensa de sus intereses de clase en el terreno inmediato, luchando contra la explotación que sufre en nombre de los intereses de la economía nacional, a través de medios y métodos clasistas que no reparan en respetar los cauces democráticos del diálogo entre patrones y obreros. Esta guerra de guerrillas cotidiana contra las imposiciones anti obreras de la burguesía, que merman cada vez más sus condiciones de existencia, es la escuela de la guerra de clases en la que el proletariado se preparará para una lucha de mayor alcance y está animada por el mismo espíritu de enfrentamiento intransigente que le debe mover a la lucha política contra el Estado burgués. Porque el proletariado sólo podrá poner fin a las carnicerías imperialistas cuando liquide a la clase que las promueve y para ello acabe con su instrumento de dominio político, con su Estado, e imponga su dictadura de clase, llamada a extirpar definitivamente la miseria, la explotación y la guerra acabando con el capitalismo.
Partido Comunista Internacional
28 de Noviembre de 2015
        www.pcint.org


Valladolor no admite comentarios
La apariencia como forma de lucha es un cancer
El debate esta en la calle, la lucha cara a cara
Usandolo mal internet nos mata y encarcela.
Piensa, actua y rebelate
en las aceras esta el campo
de batalla.

si no nos vemos
valladolorenlacalle@gmail.com















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Contrainformacion internacional

Anticarcelario / contra la sociedad cárcel

"Las prisiones son una parte más de la esencia represiva de todo Estado, no hay que olvidar la parte que nos toca a lxs que aún seguimos en la calle.

No podemos ver las cárceles como algo ajeno a nuestras vidas, cuando desde temprana edad hemos sido condicionadxs a no romper las normas, a seguir una normalidad impuesta; el castigo siempre está presente para lxs que no quieren pasar por el aro.

En el trabajo, en la escuela... domesticando y creando piezas para la gran máquina, piezas que no se atrevan a cuestionar o que no tengan tiempo para hacerlo.

Hemos sido obligadxs a crecer en un medio hostil donde es dificíl desarrollar nuestros propios deseos.

La rebeldía brota de algunxs, otrxs simplemente se acomodan en la mierda, tapando sus frustraciones con lo que le dan quienes antes les despojaron de todo. O viendo sus problemas como algo aislado, único y personal.

Para lxs que no tragan o no se adaptan al gran engaño ahí tienen sus cárceles, reformatorios, psiquiatrícos ... creados por los que no quieren ver peligrar las bases de su falsa paz.

No podemos ignorar la lucha de lxs compañerxs presxs.

Su lucha es nuestra lucha."