martes, 15 de septiembre de 2026

La revolución no será digitalizada

LA REVOLUCIÓN NO SERÁ DIGITALIZADA

Sobre el uso de medios digitales en los “ambientes” refractarios

 

“Porque el “mensaje” de cualquier medio o tecnología es el cambio de escala, ritmo o patrones que introduce en los asuntos humanos” Marshall Mcluhan, Comprender los medios de comunicación                        
                                                   
 

Gil Scott-Heron nos dijo en 1970 que la revolución no sería televisada. Comprendió que la televisión no era un medio neutral para la verdad, sino un mecanismo de control, una especie de narcótico que convertía a los ciudadanos en espectadores y la vida política en entretenimiento. Pero Scott-Heron no pudo prever la trampa aún más perfecta que nos aguardaba: un sistema en el que los espectadores se creerían actores, en el que los oprimidos confundirían la expresión de su angustia con el ejercicio de su poder, en el que presenciar un genocidio se integraría sin problemas en el mismo flujo que vende zapatillas y consejos para tener citas. La revolución no será televisada. Tampoco se tuiteará, compartirá,  se etiquetará con hashtags, ni publicará. Tu tweet es donde mueren las revoluciones. De una forma parecida y, más o menos, en la misma época Marshall Macluhan nos señalaba en una preciosa reflexión que “el mensaje es el medio” en la que nos hablaba, igualmente, de la no neutralidad de los medios de comunicación. Hoy las redes sociales son ese medio del que hablaba Mcluhan. Ese medio que perpetua la lógica del capital, mientras se disfraza de libertad y democracia.  
Durante tres años se ha producido un genocidio  en Palestina, continuación de una guerra de décadas.  Visualizamos y consumimos pornografía de la catastrofeLas imágenes están por todas partes. Niños sacados sin vida de entre los escombros. Hospitales reducidos a cráteres por las bombas. Familias enteras borradas del registro civil. Violación, tortura y hambruna utilizadas como armas contra una población inocente y atrapada. Y lo hemos visto todo. Lo hemos visto en alta definición, en tiempo real, en nuestros teléfonos mientras esperábamos un café. Lo hemos compartido. Hemos comentado. Hemos añadido nuestros emojis de corazón roto, nuestros lemas de " nunca más ", nuestras banderas en nuestras biografías.
Y no ha importado. Los bombardeos no han cesado. El asedio no ha terminado. La matanza se ha extendido: al Líbano, a Cisjordania, a cualquier territorio que se presente. Tres años de la atrocidad más documentada de la historia de la humanidad, y la documentación no ha salvado a nadie.
 Parafraseando a Jean Baudrillard podríamos decir que el genocidio al pueblo palestino nunca ha existido, el autor quería explicar con esta frase utilizada en una reflexión sobre la guerra del golfo con la que trataba de explicar que el conflicto se transformó en un puro espectáculo mediático y un simulacro, perdiendo la esencia de una guerra real.

 

La visibilidad no es poder. La concienciación no es acción.

Nos encontramos ante un hecho importante  de nuestro tiempo, y nos negamos a aceptarlo: la visibilidad no es poder. La conciencia no es acción. Toda la estructura de las redes sociales se basa en la premisa de que la expresión equivale a participación, que compartir equivale a solidaridad, que manifestar indignación moral es moralmente equivalente a resistencia. Es una mentira. Quizás sea la mentira más efectiva jamás contada a una población que se cree libre. Cuando desparece el otro, cosa que ocurre en las redes sociales, ¿Cómo es posible mostrar solidaridad? Reflexionamos o sólo nos movemos por los sentimientos y emociones que consumimos en las redes sociales mientras nos atrofian.

¿Te indigna el genocidio? Publica sobre ello. Siente la pequeña recompensa neuroquímica de los "me gusta" y las veces que se comparte.

Las plataformas digitales corporativas en las que realizamos nuestro supuesto activismo no son espacios públicos. Son maquinaria privada diseñada para captar la atención humana, venderla a anunciantes y gestionar algorítmicamente los límites del discurso permitido. No solo no amplifican la disidencia, sino que la reprimen activamente. Tu publicación sobre Gaza está censurada, su alcance se limita y solo la ven quienes ya comparten tu opinión. No te diriges al mundo entero. Susurras en una sala cerrada, diseñada para simular un estadio. El algoritmo se asegura de que solo prediques a los conversos. Y se encarga de que confundas los aplausos de los conversos con el sonido del cambio.

¿No lo crees? Ve a YouTube. Hay canales gigantescos con millones de suscriptores de los que nunca has oído hablar: universos enteros de contenido que prosperan en rincones de la plataforma que jamás te han mostrado. El algoritmo decidió no presentártelos. Ahora mira los canales que hablan sobre Palestina, el genocidio o el tráfico de armas, que apenas sobreviven con decenas de miles de suscriptores, a veces cientos de miles si tienen suerte, y que están constantemente desmonetizados y censurados. La infraestructura de alcance no está rota. Funciona exactamente cómo debe. Tu mundo parece inmenso. Pero es una jaula.

 

Activismo sin riesgos

 Presenciamos ahora  algo aún más degradante: la conciencia misma ha sido capturada, mercantilizada y neutralizada. El activista liberal, el influencer progresista, el izquierdista con seguidores: estas figuras exhiben la estética de la disidencia sin asumir ningún costo. Gestionan redes sociales repletas de indignación justificada. Construyen marcas a partir del sufrimiento ajeno. No luchan. No se mueven del sofá de su casa. La solidaridad es mercantilizada. Las calles vacias.  Y en ningún momento exige que estas figuras arriesguen nada: su comodidad, su seguridad, su posición social, su trabajo, ni siquiera su tarde.

“La pantalla es una trampa. Captura tu atención y te devuelve la sensación de control, al tiempo que garantiza que permanezcas solo, atomizado e inofensivo”.

Mientras tanto, la monstruosidad de la muerte opera impunemente. USA continúa suministrando las bombas. Los gobiernos europeos siguen brindando cobertura diplomática, contratos de armas y legitimidad ideológica a un proyecto colonial que ha prescindido por completo de la pretensión de moderación. Las redadas del ICE se intensifican en las ciudades estadounidenses, torturando y abusando sexualmente de menores en centros de detención, destrozando familias en operaciones al amanecer que reflejan las tácticas de los peores regímenes autoritarios de la historia. ¿Y cuál es la respuesta? Una publicación. Compartir. Una historia que desaparece en veinticuatro horas. Hemos perfeccionado el arte de sentir sin actuar, de saber sin hacer, de presenciar sin intervenir.

 

La válvula de presión: las redes sociales como un pacificador psicológico

La función más insidiosa del activismo en redes sociales no reside en su incapacidad para generar cambios, sino en la sensación psicológica de haberlos producido. Este es su verdadero propósito dentro del sistema: actuar como una válvula de escape. Permite que la rabia y el dolor, que de otro modo se convertirían en acciones colectivas incontrolables, se disipen inofensivamente en el vacío digital.

¿Te indigna el genocidio? Publica sobre ello. Siente la pequeña recompensa neuroquímica de los "me gusta" y las veces que se comparte. Experimenta la fugaz sensación de comunidad con otros que también han publicado. Y luego (y esta es la parte crucial): sigue con tu día. Ve a trabajar. Paga tus impuestos, una parte de los cuales financia las mismas municiones que acabas de condenar. El sistema permanece intacto. Tu conciencia se ha calmado sin ningún coste para el poder.

La jornada laboral  de 8 horas no se consiguió mediante campañas de concienciación. Las colectividades de Aragón no se produjeron porque la gente compartiera tweets. Estas luchas requirieron la presencia de personas en las calles, una constante perturbación económica, sacrificios personales, consecuencias legales y la disposición a ser golpeados, encarcelados, despedidos y marginados. Requirieron que la gente hiciera tangible su oposición, que le costara daños y dolor al sistema. En estas luchas se crearon comunidades reales, físicas, se reflexionó y se actuó. Se crearon insurrecciones que doblegaron al poder. Con ataques a la burguesía y su economía. Era una lucha real. Tomaron las armas, la pluma, los libros y la dinamita, todo ello necesario para la revuelta.  Compartir no cuesta nada. Dar "me gusta" no cuesta nada. Y el poder no responde a lo que no cuesta nada.
La revolución no tendrá hashtags ni se volverá viral. No será tendencia. No estará optimizada para generar interacción. No tendrá botones para compartir ni secciones de comentarios. No cabrá en un tuit, un reel ni una publicación en carrusel. Será incómoda, impopular e invisible para el algoritmo. Requerirá cosas que no se pueden hacer desde una pantalla: arriesgar el cuerpo, sacrificar la comodidad, disolver la imagen cuidadosamente construida de uno mismo. Nos exigirá ser menos interesantes en línea y más efectivos en el mundo.

Cada hora que se pasa discutiendo con desconocidos en las secciones de comentarios es una hora que no se pasa en compañía física de compañeros, desarrollando la confianza y la organización que requieren los movimientos reales. La pantalla es una trampa. Captura tu atención y te devuelve la sensación de control, al tiempo que garantiza que permanezcas solo, atomizado e inofensivo. Nadie es inmune a ella.

Quienes ostentan el poder lo entienden perfectamente. No temen tus publicaciones. Temen lo que podrías hacer si dejaras de publicar y empezaras a actuar. Temen las huelgas generales, los bloqueos portuarios, los sabotajes que interrumpen el flujo del comercio y la maquinaria bélica. Temen la acción colectiva organizada, la insurreción que impone costos que no pueden ignorar. Temen la revuelta que lo saquee todo, que ataque sus infraestructuras.  No temen a los hashtags. Nunca les han tenido miedo.

El pueblo de Gaza no puede salvarse solo con nuestra concienciación. Necesitan que hagamos que su sufrimiento sea política y económicamente insoportable para quienes lo permiten.  Y cada día que sustituimos la acción por la apariencia, nos convertimos en cómplices de la misma atrocidad que decimos combatir.

Deja las redes sociales. La revolución no se realizará con hashtags.
Contra toda nocividad. Por la anarquía.
                                                              

 CHIMPANCES DEL FUTURO. SEPTIMBRE 2026. MADRIP
                                                                                   chimpancesdelfuturo@proton.me